+51·54·214778   comunicaciones@arzobispadoarequipa.org.pe

La nueva creación

En el evangelio del domingo pasado, Jesús nos decía: «ámense unos a otros como yo los he amado». Este domingo nos dice: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). Así, el evangelio nos sigue revelando que la esencia del cristianismo es el amor y que al cristiano se le reconoce porque ama al prójimo como Jesús nos ha amado y porque ama a Dios y por eso guarda su Palabra. Ante la claridad de estas enseñanzas no hay lugar para subterfugios. ¿Quiere alguien saber si es cristiano? Que se pregunte si ama al prójimo como Jesús nos ha amado, hasta dar la vida por nosotros, y que se pregunte también si ama a Dios y guarda su Palabra; porque como el Papa Francisco dijo al poco tiempo de comenzar su pontificado, se puede estar bautizado y no ser cristiano, se puede ser sacerdote, obispo y hasta papa y no ser cristiano. Lo que distingue al cristiano es su capacidad de amar como Dios ama, manifestada en hechos concretos (1Jn 3,18).

Ahora bien, citando al Papa Benedicto XVI, la semana pasada veíamos que amar de esa manera no es posible para la sola naturaleza humana, sino que es fruto de la presencia de Dios, de la vida divina, en el hombre. En el evangelio de este domingo Jesús nos revela cómo se puede dar en el hombre la vida divina: guardando la Palabra de Dios. Acoger la Palabra de Dios hace posible que Dios viva en el hombre; «vendremos a él y haremos morada en él», ha dicho Jesús. De ahí que san Pablo llegue a decir: «no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20) y se congratule con los tesalonicenses, a quienes había anunciado el evangelio, porque «al recibir la Palabra de Dios que les predicamos, la acogieron, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que permanece operante en ustedes los creyentes» (1Tes 2,13). De modo similar, en su carta a los cristianos del Asia Menor, san Pedro les dice que «han sido reengendrados [es decir, vueltos a crear] de un germen no corruptible, sino incorruptible, por medio de la Palabra de Dios viva y permanente» (1Pe 1,23). En síntesis, la Palabra de Dios no es sólo transmisora de un mensaje. La Palabra de Dios es el mismo Dios, el Verbo eterno del Padre, la segunda persona de la Trinidad. Dice san Juan: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe…Y la Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros» (Jn 1,1-3.14).

Acoger la Palabra de Dios es acoger al mismo Dios y permitirle que viva en nosotros. La Palabra de Dios no es una ley que se nos impone desde afuera y que nosotros debemos cumplir con nuestras solas fuerzas humanas. La Palabra de Dios es un don. Es el mismo Dios que se nos dona a través de su Palabra «viva y eficaz» (Hb 4,12), que realiza en nosotros «una nueva creación» (2Cor 5,17). Para eso, como dijo hace unos años el Papa Francisco, «no basta con escuchar con los oídos, sino acoger en el corazón la semilla de la divina Palabra, permitiéndole dar fruto…La escuchamos con los oídos y pasa al corazón…y del corazón pasa a las manos, a las buenas obras» (Catequesis, 31.I.2018).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa