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Un día para todo el año

Celebramos esta semana el Domingo de la Palabra de Dios, instituido por el Papa Francisco a partir del año pasado con la finalidad de ayudarnos a experimentar la riqueza inagotable del diálogo con Dios a través de las Sagradas Escrituras y del encuentro con Jesucristo resucitado que abre para nosotros el tesoro de su Palabra. De esa manera, la escucha atenta de la Palabra de Dios proclamada en la liturgia o leída en ambiente de oración, suscita en nosotros la fe, nos fortalece en la esperanza y “es capaz de abrir nuestros ojos para permitirnos salir del individualismo que conduce a la asfixia y la esterilidad, a la vez que nos manifiesta el camino del compartir y la solidaridad” (Aperuit illis, 2). Al dedicar este domingo a la Palabra de Dios, entonces, el Papa no ha querido que tengamos un día de la Biblia al año, sino que lo celebremos “una vez para todo el año, porque nos urge la necesidad de tener familiaridad e intimidad con la Sagrada Escritura y con el Resucitado…si no el corazón queda frío y los ojos permanecen cerrados, afectados como estamos por innumerables formas de ceguera” (AI, 8).

Como hace unos años escribió el Papa Benedicto XVI, “la Palabra de Dios fijada en los textos sagrados (es decir en la Biblia) no es un depósito inerte dentro de la Iglesia, sino que se convierte en regla suprema de su fe y en fuerza de vida” (Carta, 18.IV.2012). Su comprensión crece a la luz de la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, así como mediante el estudio, la reflexión y la vida de los creyentes guiados por el Espíritu Santo. Por eso, nos dice ahora Francisco, “la Biblia no puede ser sólo patrimonio de algunos, y mucho menos una colección de libros para unos pocos privilegiados. Pertenece, en primer lugar, al pueblo convocado para escucharla y reconocerse en esa Palabra…es el libro del pueblo del Señor que, al escucharlo, pasa de la dispersión y la división a la unidad. La Palabra de Dios une a los creyentes y los convierte en un solo pueblo” (AI, 4). En ella, los cristianos encontramos la revelación de Dios sobre sí mismo, sobre el hombre y la entera creación, y también “la respuesta que Dios da a los graves problemas que en cada época turban a la humanidad” (San Juan Pablo II, Discurso, 29.IV.2003).

“Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero”, dice a Dios el salmista (Sal 119,105). La Palabra de Dios es fundamental en la vida del cristiano y de toda comunidad eclesial, es la luz que ilumina lo que nos acontece, la brújula que guía a la barca de Pedro, que es la Iglesia, y que hace posible que los cristianos no nos extraviemos mientras peregrinamos, rodeados por las tinieblas de este mundo, hacia la Jerusalén del Cielo, nuestra patria eterna. De ahí la importancia de estar atentos cuando la Palabra de Dios se proclama en la Misa o en otras celebraciones litúrgicas, y que, como muchas veces nos exhorta el Papa Francisco, dediquemos algunos minutos al día a leer alguna parte de la Biblia en diálogo silencioso con nuestro Señor, en la certeza de que a través de ella “Dios habla y actúa para ir al encuentro de todos los hombres y salvarlos del mal y de la muerte” (AI, 9).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa