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Testigos del Poder de Dios

Cada 29 de junio la Iglesia católica celebra a los santos apóstoles Pedro y Pablo y el Día del Papa. Conocer la vida de los apóstoles y los papas nos permite constatar la gratuidad del amor de Dios, que es el centro del cristianismo.

Pedro, un sencillo pero arriesgado pescador, es el primer papa de la historia de la Iglesia, constituido como tal por el mismo Jesucristo. Jesús lo eligió y lo tuvo a su lado durante los tres años de su vida pública. Pedro lo escuchó predicar, vio sus milagros y ese modo tan especial como se relacionaba con las personas. Poco antes de morir, junto a los apóstoles Santiago y Juan, Jesús lo llevó consigo al monte Tabor y ahí les reveló su divinidad. Pedro sabía, entonces, que Jesús es el Hijo de Dios. Pese a ello, en el momento de la prueba, cuando lo apresaron y crucificaron, Pedro negó incluso conocerlo, lo traicionó. Pablo, por su parte, era un docto e ilustrado miembro del pueblo de Israel, que no reconocía a Jesús como el Mesías y se dedicaba a perseguir a los cristianos, a quienes consideraba una secta herética. La Biblia narra que mientras estaban lapidando al diácono Esteban, que es el primer mártir de la Iglesia, Pablo estaba presente y aprobaba todo lo que se hacía.

Pedro y Pablo, pues, fueron dos pecadores. Traicionero uno y asesino el otro. Sin embargo, Dios los eligió, les dio la gracia de que reconocieran sus pecados y se arrepintieran, los perdonó e hizo de ellos los más grandes apóstoles que ha tenido la Iglesia en sus casi dos mil años de existencia. A partir de su propia experiencia, ambos dedicaron su vida a anunciar el amor gratuito de Dios y la resurrección de Jesucristo. Pedro lo hizo como cabeza visible de la Iglesia naciente y Pablo como apóstol itinerante dedicado a fundar comunidades cristianas en muchos lugares. Cumplida su misión, ambos murieron mártires, es decir que derramaron su sangre dando testimonio de Jesús. Los dos en Roma: Pedro crucificado y Pablo decapitado.

Nuestro Papa Francisco, en una de las primeras entrevistas dadas al inicio de su pontificado, se definió como “un pobre pecador a quien Dios ha mirado con misericordia”. Pedro, Pablo y Francisco. Tres pecadores a quienes Dios eligió en su misericordia, son una muestra de lo que es el cristianismo. Los cristianos somos gente pobre, débil y pecadora como cualquier ser humano, a quienes el Señor mira con misericordia. Tal vez la principal diferencia con otras personas sea que nosotros nos hemos acogido a esa misericordia, hemos creído en Dios y, alimentándonos de su Palabra y los sacramentos, experimentamos que Él nos va liberando del pecado y nos va transformando, poco a poco, como lo hizo con Pedro, con Pablo y lo ha seguido haciendo con multitud de personas hasta nuestros días. Por eso, ante esta fiesta de la Iglesia, pido a Dios que nos conceda a todos abrirnos a su gracia, de modo que podamos experimentar su poder de transformarnos de pecadores en justos y de darnos la vida eterna que todos anhelamos.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa