+51·54·214778   comunicaciones@arzobispadoarequipa.org.pe

La hermana muerte

Todo parece indicar que también en el Perú está comenzando la llamada “segunda ola” de la pandemia del COVID-19 y que, como está pasando en otros países, podría ser tanto o más grave que la primera. Es responsabilidad de cada uno, por tanto, cuidarnos mutuamente, para lo cual es preciso seguir del mejor modo posible las normas de bioseguridad que de manera incansable repiten los entendidos en la materia: lavado y desinfección de manos constantemente, salir de casa sólo para lo realmente necesario y, en ese caso, usar siempre la mascarilla, guardar el distanciamiento social y evitar las aglomeraciones, acudir a un buen médico o centro de salud en cuanto aparezcan los primeros síntomas y evitar automedicarse. Sabemos, sin embargo, que si bien esas medidas son útiles, no son infalibles ya que nos encontramos ante un virus impredecible y en cualquier momento podemos ser contagiados. Sabemos también que sus efectos en cada persona no son siempre predecibles con certeza y que, aunque la mayoría supera la enfermedad, no pocos mueren incluso sin haber formado parte de la así llamada “población vulnerable” ni haber tenido comorbilidades.

En fin, esta pandemia sigue poniendo de manifiesto la fragilidad del ser humano y recordándonos que la muerte nos puede llegar en cualquier momento. Algo en lo que por lo general se evita pensar y que, al decir del filósofo y escritor Albert Camus, todo el mundo vive como si nadie lo supiese, pese a que, en realidad, debería trastornar toda nuestra vida (El mito de Sísifo, 1942). Nada más cierto que la muerte y al mismo tiempo nada menos atractivo como tema de conversación o, incluso, de meditación personal. A mi parecer, esto puede deberse a dos razones. Por un lado, a la angustia que genera pensar en ella porque, en cierto sentido, contradice esa sed de infinito que, aunque sea de modo inconsciente, habita en todo hombre. Por otro lado, porque no siempre se conoce en qué consiste la muerte. Por ello, quisiera aprovechar estas breves líneas para recordarles que la muerte no es el final de la vida humana. Ni siquiera es su interrupción. El hombre es una unidad de alma espiritual y cuerpo material. En la muerte el hombre deja de existir temporalmente en el cuerpo, pero sigue viviendo en el alma hasta que esta se vuelva a unir al cuerpo, ya transfigurado, el día en que Jesucristo retorne glorioso y se dé la resurrección de la carne.

Con la muerte física, entonces, la vida no se acaba, sólo se transforma. Los que mueren en gracia de Dios son introducidos con Cristo en la vida eterna; primero con el alma, en la que siguen existiendo y en la que, previamente purificados, entran ya en el cielo por toda la eternidad, en la cual se les unirá más adelante el cuerpo. De ahí la importancia de, en lugar de temer a la muerte y evitar pensar en ella, procurar estar siempre en gracia de Dios y listos para partir de este mundo. Si vivimos así, podremos decir con san Francisco de Asís: “Alabado seas mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal, de la cual ningún viviente puede escapar” (Cántico de las Criaturas).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa