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El mes de los milagros

Siguiendo una larga tradición, cada mes de octubre el Perú se viste de morado para expresar nuestra devoción al Señor de los Milagros. Millones de peruanos en distintas partes del mundo volvemos a levantar la mirada al Cristo de Pachacamilla y experimentamos lo anunciado siglos atrás por el salmista: “Contempladlo y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha y lo libra de sus angustias” (Sal 33). Contemplar la imagen de Jesús crucificado nos recuerda que Dios ha perdonado nuestros pecados y que en ese costado abierto por la lanza del centurión romano han quedado también abiertas para nosotros las puertas del Cielo. Acogernos al amor misericordioso de Dios hace que quedemos radiantes de alegría, porque Dios no nos avergüenza sacándonos en cara nuestros pecados, sino que nos libera de ellos con la fuerza de su amor. Confiados en ese amor, también recurrimos al Cristo moreno que ha querido unirse al sufrimiento de todos los hombres, varones y mujeres, de todas las edades, lugares y tiempos; y al desahogar en Él nuestras aflicciones, experimentamos esa paz que deriva de saber que “cerca está el Señor de los que lo invocan sinceramente” (Sal 144).

Contemplar el rostro sufriente de Jesús, expresado tan bien en ese lienzo bendito que veneramos de modo especial este mes, nos hace presente el amor de Dios por cada uno de nosotros, sus hijos, “porque tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que crea en Él no perezca sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16). Ante ese amor sin límites, la devoción al Señor de los Milagros nos ayuda a reconocernos pobres, pequeños y pecadores y, por tanto, nos lleva a la humildad y suscita en nosotros la conversión, el deseo de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como el mismo Jesús nos ha amado.

Debido a la pandemia, este año no podremos celebrar el mes morado con las habituales prácticas devocionales, misas y procesiones; pero nada impide que lo celebremos en el hogar, como una pequeña Iglesia doméstica. Reunámonos en familia o, si no es posible, hagámoslo de modo individual, pero aprovechemos todos para dedicar diversos momentos a contemplar al Señor de los Milagros a través de la imagen que tenemos en casa. Como hace unos días ha dicho el Papa Francisco: “Sin contemplación es fácil caer en un antropocentrismo desviado y soberbio, el ‘yo’ en el centro de todo…pretendiendo que ocupamos el lugar de Dios; y así arruinamos la armonía del diseño de Dios. Nos convertimos en depredadores, olvidando nuestra vocación de custodios de la vida” (Audiencia general, 16.IX.2020). Acudamos con confianza al Cristo moreno, peruano como nosotros, y unidos a la Virgen de la Nube, nuestra Madre María, pidámosle todo lo que consideremos necesario, incluido el cese de la pandemia que todavía nos aflige, pero especialmente pidámosle el gran milagro de ser buenos cristianos, “santos e inmaculados ante Él por el amor” (Ef 1,4).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa