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Santa Rosa de Lima y la pandemia

Cada 30 de agosto la Iglesia celebra a santa Rosa de Lima, patrona del Perú, América y Filipinas, y también de nuestra Policía Nacional y de las Enfermeras. Isabel Flores de Oliva, ése era su nombre, nació a finales del siglo XVI y vivió apenas 31 años. Era una joven simpática y tanto su familia, como algunos pretendientes, hubieran deseado que se casara. Ella, sin embargo, pese a la incomprensión de su madre y otros seres queridos, optó por ingresar a la Tercera Orden de Santo Domingo; es decir, no se hizo religiosa sino que siguió siendo laica pero consagrada de un modo especial al Señor. Vivió de modo austero en una pequeña celda que se construyó en la huerta de la casa de sus padres, entregada a la oración, la mortificación y el servicio desinteresado a los demás, en especial a los más pobres y necesitados. Movida por el amor a Dios y al prójimo, que para ser verdaderos deben ir siempre juntos, llevaba a casa a enfermos de toda índole y los curaba con ternura y suavidad. Al mismo tiempo, con los bienes que podía conseguir socorría a las personas que acudían a ella y daba consejos de orden espiritual y moral.

La especial solicitud de la Iglesia por cuantos sufren en cuerpo o alma, no es una opción política ni ideológica sino que es inherente a la fe cristiana y parte del mismo Jesucristo que, “siendo rico, se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza” (2Cor 8,9). De hecho, una de las primeras decisiones tomadas por los apóstoles en los inicios de la Iglesia fue elegir a siete encargados de atender a los pobres (Hch 6,1-6); y el mismo san Pablo relata que al terminar una visita que él y sus compañeros de misión hicieron a los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, que vivían juntos en Jerusalén, éstos “sólo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, lo cual he procurado cumplir” (Gal 2,10). Así, pues, la atención a los pobres y necesitados ha sido siempre parte de la misión de la Iglesia que “no ha cesado de trabajar para aliviarlos, defenderlos y liberarlos. Lo ha hecho mediante innumerables obras de beneficencia, que siempre y en todo lugar continúan siendo indispensables” (CEC 2448). De ahí que, desde los inicios de la pandemia que todavía seguimos atravesando, la Iglesia haya convocado a sus miembros y a todas las personas de buena voluntad a compartir sus bienes con los más necesitados y unir esfuerzos para socorrer a los enfermos.

Agradezco a cuantos, acudiendo a esa llamada, hacen posible que se siga distribuyendo víveres, medicinas y kits de protección sanitaria a decenas de miles de familias, oxígeno y otros equipos a hospitales, etc. Agradezco también, de modo especial en este día que celebran a su patrona, a las enfermeras que en todo el Perú están cuidando a los enfermos, muchísimas de ellas poniendo en riesgo su propia salud y la de su familia; y a los miembros de la Policía Nacional del Perú, que con los mismos riesgos están cumpliendo su labor en bien de la patria. A todos, incluidos aquellos que han partido de este mundo durante la pandemia, los encomiendo a Dios nuestro Padre y a la Virgen María. Y recordemos siempre que: “hacer el bien nos hace bien”.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa