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La nueva Eva

El mes de agosto es muy especial en Arequipa, no sólo porque conmemoramos la fundación española de esta ciudad, sino también porque celebramos la asunción de la Virgen María en cuerpo y alma al Cielo. Como nos enseña la Iglesia desde antiguo: “la Virgen Inmaculada, preservada libre de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida en la tierra, fue llevada a la gloria del Cielo y elevada al trono por el Señor como Reina del universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte” (LG, 59). La asunción de la Virgen María es la coronación de la obra que Dios empezó en ella cuando, en el instante en que fue concebida en la intimidad del acto conyugal de sus padres Joaquín y Ana, intervino de modo extraordinario para preservarla del pecado original y prepararla así para ser la madre de Jesús, cuyos méritos de su misterio pascual le fueron aplicados de modo anticipado.

Así, pues, en la persona de María la humanidad recupera su estado anterior al pecado de Adán y Eva. Sin embargo, si bien desde su concepción María estuvo llena de la gracia de Dios, eso no le quitó la libertad. María no ha sido un robot programado de antemano y sin la posibilidad de elegir, sino que ella, en uso de su libertad, respondió a la gracia de Dios e hizo siempre su voluntad, como enseñó a los apóstoles en las Bodas de Caná: “hagan lo que Él les diga” (Jn 2,5). De esa manera, con María Dios da inicio a la nueva creación, de la cual Jesucristo es el primogénito (Col 1,15). Y del mismo modo en que desde sus orígenes la Iglesia ha reconocido a Jesucristo como “el nuevo Adán” (1Cor 15,45; Rom 5,12-21), a María la ha llamado “la nueva Eva”, porque así como a través de Eva nos vino la muerte, por medio de María nos ha sido restaurada la vida, y “así como la serpiente hirió a Eva en el talón, el pie de María la ha aplastado” (San Efrén), “por Eva caímos, por María estamos de pie; por Eva postrados, por María levantados; por Eva sometidos a la esclavitud, por María liberados. Eva nos arrebató la perpetuidad, María nos la restituyó” (San Ambrosio).

Era conveniente, entonces, que “su cuerpo santísimo…fuese alzado gloriosamente al cielo, junto con su alma agradable a Dios” (Teocteno de Livia) y sea “instalado gloriosamente en una eterna incorruptibilidad y en estrecha unión con Cristo” (Modesto de Jerusalén); pero no para desentenderse de nosotros sino como embajadora de todos, especialmente de los que más sufren, porque como enseña el Papa Francisco: “María está allí, fielmente, cada vez que hay que tener una vela encendida en un lugar de bruma y tinieblas…No somos huérfanos, tenemos una Madre en el cielo, que es la Santa Madre de Dios” (Catequesis, 10.V.2017). Por eso, en medio de la aflicción que nos envuelve a causa de la pandemia del COVID-19, seguros de que “el mismo Jesucristo, que glorificó a María, su Madre Inmaculada y Madre de Dios, dará gloria a los que la glorifiquen” (Juan de Tesalónica), nos dirigimos a ella y le decimos: “presta tu auxilio a quienes celebran tu fiesta; dales tu protección, defensa y patrocinio; por tu constante intercesión líbralos de toda necesidad y peligro, de todas las desdichas y graves dolencias” (San Germán de Constantinopla).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa