+51·54·214778   comunicaciones@arzobispadoarequipa.org.pe

Sal de la tierra y luz del mundo

El evangelio de la Misa de este domingo nos revela un aspecto fundamental de la misión de la Iglesia. San Mateo nos transmite las palabras de Jesús a sus discípulos de todos los tiempos: “ustedes son la sal de la tierra…la luz del mundo” (Mt 5,13-14). La sal, que ya en tiempos antiguos se usaba para preservar a los alimentos de la corrupción, es también esencialmente la que da sabor a las comidas. La luz, por su parte, es la que brinda el servicio de disipar las tinieblas y, de ese modo, hace posible que la oscuridad no nos limite. Usando ambas figuras, lo primero que Jesús nos transmite es que no ha fundado la Iglesia en función de sí misma, ni siquiera en función de Él, sino en función del mundo. Los cristianos, que por el bautismo hemos sido incorporados a la Iglesia, pueblo santo de Dios, no estamos llamados a formar parte de una comunidad autorreferencial, que se preocupa únicamente de su propia salvación, sino que hemos sido elegidos por Dios para servir a aquellos que todavía no lo conocen o, habiéndolo conocido, se han alejado de Él; porque Dios quiere que todos los hombres lleguen al conocimiento de la verdad y se salven (cfr. 1Tim 2,4).

En el diseño de Dios, entonces, así como la sal da sabor a los alimentos, los discípulos de Jesús tienen la tarea de “dar sabor a todo el género humano” (San Jerónimo), especialmente a aquellas personas que, por cualquier motivo, han perdido el sabor de la vida, el verdadero sentido de su existencia, y están sumidos en la tristeza, la desesperanza y la apatía, o han reducido su vida a trabajar para producir y a buscar algo de diversión y de placer para pasar el rato, llenar sus vacíos existenciales y no sentirse tan mal. Y así como la sal sirve también para preservar a los alimentos de la corrupción, la Iglesia tiene por misión preservar a los hombres de la corrupción del pecado, transmitiéndoles la sabiduría de Dios y conservándolos en la novedad del Evangelio (San Juan Crisóstomo). Para eso, como “hijos de la luz e hijos del día” (1Tes 5,5) los cristianos están llamados a iluminar a aquellos que, incluso muchas veces sin culpa, viven sometidos al “príncipe de este mundo”, que es el demonio (Jn 12,31; 14,30; 16,11); ese mundo donde el verdadero amor no se ve por ninguna parte, priman las pasiones y el egoísmo, la violencia y la intolerancia, y las diferencias entre ricos y pobres son cada vez más grandes, por sólo poner algunos ejemplos. Es el mundo que, aun sin saberlo, necesita la luz de Cristo para recuperar la vista y, así, ver a Dios presente en la historia de la humanidad y ver también al prójimo.

Ante esa realidad, los cristianos tienen sólo dos posibilidades: cumplir su misión o no hacerlo. El cristiano que abandona el camino de la sabiduría y se acomoda al espíritu del mundo, es como la sal que pierde su sabor y, en palabras del mismo Jesús, “no sirve más que para tirarla fuera y ser pisoteada por la gente”, es decir por el mismo mundo (Mt 5.13). En cambio aquel que se mantiene fiel a Dios y a través de sus buenas obras hace presente su supremacía y su amor incondicional a todos los hombres, es como una lámpara encendida que, puesta en alto, ilumina a cuantos lo rodean y hace posible que el mundo se convierta, crea en Dios y le den gloria (cfr. Mt 5,16). Dios hace brillar su luz en el corazón de los creyentes y corresponde a estos realizar las buenas obras que de antemano Dios ha dispuesto que practiquen, para que en medio de las tinieblas del mundo resplandezca el rostro de Cristo (cfr. 2Cor 4,6; Ef 2,10), en la esperanza de que todos los hombres experimenten su amor, se acojan a él y puedan tener también a Dios como Padre.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa