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Tiempo de la creación

Con la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, celebrada el 1 de septiembre, hemos comenzado el denominado Tiempo de la Creación, que concluirá el 4 de octubre en que los católicos celebramos la fiesta de San Francisco de Asís. El Papa Francisco nos ha invitado a aprovechar estas semanas para renovar nuestra fe en Dios creador, de modo que a partir de la oración y la contemplación se pueda dar en nosotros la conversión que nos lleve a la acción a favor de nuestra “casa común” y, por tanto, de toda la humanidad y de las futuras generaciones (Mensaje, 1.IX.2019). Ya san Juan Pablo II, desde el inicio de su pontificado, advirtió que a falta de una moral y ética adecuadas, “el desarrollo de la técnica no controlado ni encuadrado en un plan a radio universal y auténticamente humanístico, lleva muchas veces consigo la amenaza del ambiente natural del hombre, lo enajenan en sus relaciones con la naturaleza y lo apartan de ella” (Redemptor Hominis, 15). Y el Papa Benedicto XVI, que también se refirió varias veces a este problema, nos recordó “la urgencia de eliminar las causas estructurales de las disfunciones de la economía mundial y corregir los modelos de crecimiento que parecen incapaces de garantizar el respeto del medio ambiente y un desarrollo humano integral para hoy y sobre todo para el futuro” (Discurso, 8.I.2007).

La Biblia nos relata que Dios creó al hombre en su mutua complementariedad de varón y mujer, para que viviesen en comunión con Él y entre ellos, y los puso al centro de la creación para que dominasen a todos los animales y se alimentasen del fruto de la tierra; pero una cosa es dominar y alimentarse y otra cosa es destruir y saquear pensando cada uno sólo en sí mismo y olvidando a los demás, incluidas las futuras generaciones. Lamentablemente, por el pecado original el varón y la mujer rompieron la comunión con Dios y, como consecuencia inevitable, se rompió la comunión entre ellos y con la entera creación. De esta manera, a través de un proceso lento pero sostenido, el hombre ha ido perdiendo su identidad original y el sentido de la naturaleza. De ahí la importancia de recuperar la oración a través de la contemplación de lo creado, porque “cuando alguien no aprende a detenerse para percibir y valorar lo bello, no es extraño que todo se convierta para él en objeto de uso y abuso inescrupuloso” (Francisco, Laudato Si’, 215).

Contemplar la creación nos lleva a contemplar el amor de Dios (Sal 19) y hace posible nuestra conversión a Él, al prójimo y a todo lo creado. Recuperamos así la comunión original y redescubrimos que no hemos sido hechos para explotar a los otros ni a “lo otro”, encerrados en la autorreferencialidad de nuestros intereses egoístas, sino para amar y servir, envueltos en la ternura de Dios Padre y usando de modo adecuado y compartido los dones de la naturaleza. Asimismo, el encuentro personal con Jesucristo crucificado y resucitado nos revela que la calidad de vida se deteriora con el consumo obsesivo, mientras que la sobriedad y la simplicidad de un estilo de vida semejante al suyo nos hacen libres y verdaderamente felices.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa