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Por el bien del Perú

El triste espectáculo del que estamos siendo testigos desde que se hizo público lo que ha venido sucediendo en el Palacio de Gobierno y en el del Congreso, requiere de una profunda reflexión sobre la situación de la política en nuestro Perú y la responsabilidad que concierne no solamente a las autoridades involucradas y sus allegados sino también a toda la nación; porque, al fin y al cabo, esas autoridades han sido elegidas en un proceso democrático en el que cada uno de nosotros ha emitido su voto. Reflexionar al respecto resulta más imperativo puesto que nos encontramos a las puertas de una campaña electoral que nos llevará a nuevas elecciones generales dentro de pocos meses. No debemos resignarnos ante la corrupción, el cinismo, la falta de ética, el favoritismo hacia amigos o cómplices y la búsqueda de intereses particulares, que han hecho que la política no goce de buena fama en nuestro país. Por el contrario, como hace unos días ha dicho el Papa Francisco, hay que “reaccionar demostrando con los hechos que es posible, es más, necesaria una buena política, la que pone en el centro a la persona humana y el bien común” (Audiencia general, 9.IX.2020).

Es preciso fortalecer nuestra democracia y la institucionalidad del país. En ese sentido, los obispos del Perú hemos declarado que: “No es momento de generar caos y división, cuando la prioridad es hacer frente a la pandemia unidos, y enfrentar la crisis sanitaria, social, económica, educativa y política, luchando contra la corrupción y preparándonos a la post pandemia”, por lo que “cualquier acto que vaya en contra de la ley debe ser sancionado en su debido momento y la autoridad en cuestión debe someterse al debido proceso en la etapa de investigación así como en el posterior desarrollo de la misma”; y hemos invocado también a los poderes Ejecutivo y Legislativo a que, en aras del bien común de la nación, “superen la confrontación y enfrenten unidos la crisis actual, salvaguardando el estado de Derecho y buscando consensos para la transformación del Perú” (Mensaje, 15.IX.2020).

Pero la construcción de una sociedad sana, en la que primen la justicia y la búsqueda del bien común, no es sólo tarea de las autoridades sino de todos los ciudadanos y, para los cristianos, es además parte de nuestra misión en este mundo. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “La participación de todos en la promoción del bien común implica, como todo deber ético, una conversión, renovada sin cesar, de los miembros de la sociedad. El fraude y otros subterfugios mediante los cuales algunos escapan a la obligación de la ley y a las prescripciones del deber social deben ser firmemente condenados por incompatibles con las exigencias de la justicia” (n. 1916). La cercanía del bicentenario de nuestra independencia nacional nos urge a recuperar el amor a la patria, amor social y político, para que, como hemos terminado diciendo los obispos en nuestro mensaje antes citado, “con esperanza trabajemos por el resurgimiento de un Perú grande”. Trabajo que incluye el especial cuidado que debemos tener al elegir a nuestras próximas autoridades. Hagámoslo por el bien del Perú.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa