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Homenaje a los Maestros

Una de las realidades más golpeadas por la pandemia del COVID-19 es la educación escolar y superior. La imposibilidad de asistir a clases en las instituciones educativas de los distintos niveles ha ocasionado que se tenga que cambiar por completo la modalidad de la docencia y el aprendizaje, pasando, de un día para otro y totalmente, de las aulas a las pantallas. Esta situación, imprevista cuando cada institución educativa y cada familia programó el año académico, ha traído muchas dificultades. Profesores, personal administrativo y auxiliar, padres de familia y alumnos han tenido que ir adecuándose paulatinamente a las clases virtuales, con la mayor carga de trabajo y dedicación de tiempo que ha significado para todos. En general, los profesores que conozco han tratado de responder lo mejor posible en medio de las limitaciones con las que se encontraron. Desde los padres de familia, en cambio, hubo quejas o lamentos, ciertamente comprensibles en muchos casos. Con el paso de las semanas, sin embargo, unos y otros se han ido adaptando a la realidad y, aunque persisten no pocas dificultades, han surgido voces que anuncian que la modalidad virtual ha llegado para quedarse y que la pandemia ha inaugurado una nueva época en que la asistencia a los colegios y centros de educación superior será cada vez más limitada, hasta devenir en obsoleta y caer en el olvido. Espero que no sea así, porque agravaría la crisis del sector educación que afecta a nuestro país desde hace décadas.

Por un lado, con la modalidad virtual no pocos niños, adolescentes y jóvenes que forman parte de la población más vulnerable del país y no tienen acceso a internet o, incluso, a los medios de comunicación más tradicionales, quedan como descartados del sistema educativo, con lo cual aumenta la brecha que los separa de las oportunidades que de ordinario tiene el resto de la población de su misma edad. Por otro lado, estar conectados no significa necesariamente estar comunicados. La relación a través de la pantalla es muy útil en situaciones de necesidad o si se usa eventualmente, pero jamás podría sustituir el encuentro personal entre el profesor y los alumnos y de estos entre sí. Encuentro que no tiene por finalidad sólo la transmisión de conocimientos, habilidades o destrezas sino que, para ser verdadera educación, debe incluir también la cooperación con los padres de familia en la formación integral de sus hijos en cuanto personas, es decir en sus diversas dimensiones de ser humano, con su componente corporal y espiritual trascendente, con su vocación a vivir en relación con otros en el seno de una comunidad y a participar activamente en la construcción de la sociedad que debe siempre tender al bien común de todos y cada uno de sus miembros.

El fundamento y el centro de toda educación verdaderamente humana es la persona, no un sistema. Lamentablemente, desde hace un tiempo se pretende instrumentalizar a las instituciones educativas en función de fines meramente económicos o materialistas, utilizándolas para ir haciendo del alumno, ya desde pequeño, un ser meramente productivo. No se trataría de formar personas sino de preparar individuos que, llegado el momento, sirvan a un sistema productivo global cuyo centro ya no es más el hombre, en su mutua complementariedad de varón y mujer llamados a vivir en comunión relacional, sino la eficacia, la utilidad o, para decirlo en pocas palabras, el dios dinero - placer. En este contexto, el Día del Maestro que celebramos este 6 de julio es ocasión propicia para rendir homenaje y alentar a aquellos docentes que no se están dejando contaminar por ese virus capaz de causar más sufrimiento y muerte que el COVID-19 sino que, por el contrario, mantienen las virtudes que a lo largo de los siglos han caracterizado a los verdaderos maestros, aquellos que han sabido formar de modo adecuado a sus alumnos y, a través de ellos, contribuir en el bien común de la sociedad. Dios les bendiga!

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa