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¡Está vivo!

Los evangelios relatan que cuando Jesús se apareció por primera vez a los apóstoles y algunos discípulos, que estaban encerrados en el cenáculo por miedo a que los judíos los matasen, “ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu”. Pero, cuando Jesús les dijo “soy yo en persona” y les mostró las manos y los pies con las llagas de los clavos con que lo habían crucificado (Jn 20, 19; Lc 24,37), se cumplió lo que Él mismo les había anticipado antes de entrar en su pasión: “volveré a verles y se alegrará su corazón y nadie les quitará la alegría” (Jn 16,22).

Han pasado casi dos mil años desde entonces y también hoy muchos se sienten asustados como aquellos discípulos. El coronavirus se sigue propagando, el número de infectados y muertos va en aumento, con lo cual el riesgo de contraer la enfermedad es mayor para todos y la posibilidad de morir se hace menos lejana para no pocos. Además, con la prórroga del “aislamiento social”, cada vez más familias vislumbran un futuro incierto: ¿quebrará mi pequeño negocio? ¿podré cobrar mi sueldo a fin de mes? ¿perderé el trabajo? ¿con qué mantendré a mi familia si ni siquiera puedo salir a buscar el pan de cada día? ¿cómo voy a sostenerme si el costo de vida sigue subiendo y la pensión de jubilación no alcanza? Si ya los últimos años ha sido cada vez más difícil crear puestos de trabajo para los jóvenes que cada año llegan a la edad de trabajar, cuánto más lo será ahora. Aumentará el número de los que el Papa Francisco llama “los ni, ni” porque ni trabajan ni estudian. Y, ante la imposibilidad de generar ingresos por la vía legal, no faltarán quienes opten por otras vías, con lo cual aumentará la delincuencia y la inseguridad ciudadana. En fin, el panorama se presenta desolador y el miedo brota del corazón. En esas circunstancias más de uno puede pensar lo que hace unos días me escribió un joven: “¿de qué Dios todopoderoso hablas si ni siquiera puede contra un virus microscópico?”.

En síntesis, es natural que, ante el sufrimiento y la muerte que nos circundan, puedan brotar el miedo o la duda: ¿existe Dios o he estado siguiendo solamente a un fantasma, una mera doctrina vacía, un invento de algunos? Y si existe: ¿por qué no hace nada? ¿es que no tiene poder para salvarnos de este virus? Entonces ¿cómo nos salvará de la muerte eterna? La respuesta nos la da el mismo Dios, no a través de una charla de espiritualidad o una catequesis, sino a través de un hecho histórico concreto: ¡Jesucristo ha resucitado! Un hecho que ha llegado hasta nosotros a través de una sucesión innumerable de testigos. Personas de carne y hueso como nosotros, débiles y temerosos muchas veces, pecadores de todo tipo y santos de altar, todos a una sola voz, en el transcurso de los siglos no han dejado de anunciar, desde su propia experiencia, que Jesucristo ha vencido a la muerte y está vivo. Lo saben porque se han encontrado con Él. La gran mayoría no lo han visto como lo vieron los discípulos ese primer día de la resurrección. Sin embargo, se han encontrado con Él cuando lo han “visto” actuar a su favor. Como hace unos años dijo el Papa Francisco: “el cristianismo no es una ideología, no es un sistema filosófico, sino que es un camino de fe que parte de un acontecimiento” que nos dice “que Dios está realizando para mí, para todos nosotros, un futuro inesperado”. En el tiempo de Pascua que inauguramos hoy, Jesús también se presentará en nuestras vidas, resucitado y victorioso. Estemos atentos, entonces, porque sólo quien tenga ojos para ver y lo vea podrá decir con el mismo Papa: “Jesús está todavía aquí, sigue estando vivo entre nosotros” (Catequesis, 19.IV.2017) y, como san Pablo, podrá exclamar: “¿dónde está muerte tu victoria?” (1 Cor 15,55), porque “ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8,39).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa