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¿A favor o en contra?

El Domingo de Ramos, la Iglesia comienza la Semana Santa conmemorando la entrada de nuestro Señor Jesucristo en Jerusalén. Jesús pasó la mayor parte de su vida en Galilea y desarrolló su misión fundamentalmente en esa región; pero como buen miembro del pueblo de Israel subía a Jerusalén para celebrar las principales fiestas religiosas, como lo había hecho desde niño con sus padres. En esta ocasión, Jesús parte de Galilea acompañado de los apóstoles y algunos discípulos para celebrar la Pascua judía, como solía hacerlo cada año, pero a diferencia de las veces anteriores Él sabe que esta será su última peregrinación a la Ciudad Santa y que en los próximos días morirá (cfr. Jn 13,1). Por eso, es consciente de que debe llevar a término la misión que su Padre le había encomendado: revelarnos quién es Dios y quién es Él, dar su vida por nosotros y, así, instaurar el Reino de los Cielos en la tierra. Con esta finalidad, Jesús prepara con detalle su entrada a Jerusalén, cuidando de dar los signos que con varios siglos de antigüedad los profetas habían anunciado con relación al Mesías.

Como era habitual en esa época, a lo largo del camino entre Galilea y Jerusalén el pequeño grupo que había partido con Jesús se va encontrando con otros peregrinos que hacían el mismo recorrido. Probablemente no pocos de ellos habían oído hablar de Jesús y de los milagros que había hecho: curar enfermos, resucitar muertos, multiplicar los panes y los peces. De modo que se unen al grupo con entusiasmo, al punto que al salir de Jericó ya le seguía una gran muchedumbre y delante de ellos cura al ciego Bartimeo (Mc 10,46-52), con lo cual la admiración y adhesión de todos fue aun mayor. Con esa multitud, Jesús continúa su camino por Betfagé y Betania, pues según la tradición de Israel el Mesías llegaría a Jerusalén, a través de esa zona, por el Monte de los Olivos. En camino hacia Betania, le avisan que su amigo Lázaro, que vivía en ese pueblo, estaba gravemente enfermo. Jesús, en lugar de ir a prisa a sanarlo, deja que muera para que, según Él mismo dice, “se manifieste la gloria de Dios” (Jn 11,4). Así, cuando llega a Betania, ya habían sepultado a Lázaro y muchos judíos venidos de Jerusalén estaban acompañando en el duelo a sus hermanas Marta y María. Delante de ellos, Jesús resucita a Lázaro (Jn 11,17-44). De esa manera, cuando al terminar su peregrinación Jesús llega a Jerusalén, su fama se había extendido no sólo entre los galileos sino también entre los judíos.

En esas circunstancias, Jesús entra en la Ciudad Santa montado sobre un pollino (un burro que nunca había sido montado), para dar el signo que había anunciado el profeta Zacarías: “he aquí que viene tu rey, humilde, montado sobre un pollino de asna” (Za 9,9; Mt 21,5). La multitud lo recibe como se recibía en esa época a los reyes, alfombrando el camino con sus mantos y con ramas y festejándolo con cantos (Mc 11,7-11). Jesús, que en anteriores ocasiones no había permitido que lo aclamasen como rey, esta vez les deja hacerlo. Sin embargo, como sabe muy bien que su reino no es de este mundo (Jn 18,36), sabe también que en Jerusalén no le espera una corona de oro sino de espinas, ni tampoco un trono real sino la cruz, que es el precio que debe pagar para rescatarnos del dominio del diablo. También en esta Semana Santa Jesús viene a nosotros, manso y humilde de corazón como es Él, para cargar con nuestros pecados, liberarnos de la esclavitud del mal que nos impide ser realmente felices y, a cambio, hacernos partícipes de su victoria sobre la muerte y de su vida divina. Y también en el hoy de nuestra historia, en esta Pascua concreta del 2020, habrá quien lo reciba como su rey y salvador, y quien siga gritando “crucifícale, crucifícale”. ¿En qué grupo estás tú?

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa