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2020: Un año de esperanza

El 2019 ha sido un año particularmente duro para el Perú. La incapacidad de diálogo, con el consiguiente enfrentamiento entre los más notorios miembros de los poderes Ejecutivo y Legislativo, derivó en la disolución del Congreso de la República y puso de manifiesto, una vez más, la fragilidad de nuestra democracia. La todavía frustrada reforma del Poder Judicial y el descubrimiento de nuevos casos de corrupción, en los cuales se ven involucrados altos funcionarios de los tres poderes del Estado, así como conocidos políticos, empresarios y profesionales, parece ser sólo la punta de un iceberg cuya pobredumbre se oculta en el océano de la administración pública y ciertos sectores de la sociedad. El casi nulo crecimiento de la economía y la falta de gestión gubernamental, en los diversos niveles, no han permitido verdaderos avances en los campos de la educación, la salud y la integración nacional. El aumento del narcotráfico, la inseguridad ciudadana, la explotación laboral, el tráfico de personas, la violencia familiar y los crímenes pasionales, cuyas primeras víctimas son mujeres y los niños que quedan huérfanos, son una señal de la deshumanización que se va extendiendo en nuestro país.

En este contexto, surge la pregunta: ¿qué podemos esperar del 2020? A diferencia de muchos que piensan que nos deparará “más de lo mismo”, quisiera invitarlos a acoger el nuevo año con esperanza. No sólo esperanza en que el nuevo Congreso sea mejor que el anterior o que la economía crezca más o que finalmente se afronten los problemas de fondo del país, sino esperanza en que cada uno de nosotros puede mejorar y, así, contribuir al bien común del país. El futuro del Perú no depende únicamente de quienes tienen el poder político o económico, sino que depende de todos y cada uno de los peruanos, porque no se trata sólo de lograr un progreso material, como si el ser humano fuera sólo materia, sino de aspirar y poner los medios para el desarrollo humano integral de cada persona y del conjunto de la nación. Y para eso no bastan sólo el crecimiento económico ni el cambio de las estructuras, como afirman las diversas corrientes materialistas, sino que es necesario que cada uno de nosotros use rectamente la libertad para adherirse al bien y, de esa manera, superemos el individualismo exacerbado, que está en el origen de la mayoría de los males que afligen al Perú, y pasemos al “ser para los demás”.

Ahora bien, ¿es posible tener esperanza en que podemos cambiar y ser realmente mejores? Ciertamente esa esperanza se vería prontamente defraudada si nos apoyáramos sólo en nuestra buena voluntad, nuestra inteligencia, nuestras energías o estrategias humanas. De hecho, los intentos de sustituir el reino de Dios por el reino del hombre, tan en boga en el siglo veinte, sólo han llevado al dominio del más fuerte sobre el más débil, la imposición de ideologías contrarias a la verdad de la naturaleza humana y la pérdida del sentido último de la vida. En cambio, si ponemos nuestra esperanza en Dios que nos ama tanto que se ha hecho hombre por nosotros, abrirnos a su amor nos capacita para perseverar en el proceso, no sencillo ni breve, pero posible, de reconocer su presencia en los demás y, por tanto, respetar la dignidad de cada ser humano, varón o mujer, rico o pobre, y ser acogedores y solidarios con todos. El año que comienza y que nos acerca al Bicentenario de la Independencia Nacional es tiempo propicio para fortalecer nuestras raíces cristianas, que ahora algunos nos quieren quitar. Si así lo hacemos, seremos capaces de experimentar que la justicia y el amor no son ideales inaccesibles sino fundamentos a nuestro alcance para construir un Perú mejor.

¡Feliz 2020 para todos!

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa