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La fe de Grau

El 8 de octubre hemos celebrado el 140° aniversario del Combate de Angamos. Como cada año, en diversas partes del país se han reunido las autoridades y numerosos ciudadanos para rendir homenaje al Gran Almirante Miguel Grau Seminario, el Caballero de los Mares y Peruano del Milenio. Todos los peruanos reconocemos y admiramos el amor a la patria que llevó a nuestro recordado héroe a dar su vida al mando del monitor Huáscar en la tristemente célebre Guerra del Pacífico. Pocos, sin embargo, conocen otros aspectos de su vida que merecen ser destacados. Por ejemplo, que ya desde pequeño, cuando vivía en Paita, se sintió atraído por la grandeza del mar y a los nueve años de edad, siendo todavía niño, se embarcó en el bergantín velero Tescua. Así comenzó a surcar los mares, trabajando como grumete y dedicando el tiempo libre a estudiar en la misma nave. De esta manera fue forjando su personalidad entre la dureza y grandeza del mar, la disciplina del trabajo y su autoformación escolar.

A los veinte años de edad, el joven Grau deja la Marina Mercante y se incorpora a la Marina del Perú, en la que tuvo una carrera brillante aunque no exenta de gruesas dificultades debido a su espíritu crítico y a la defensa de principios cívicos y morales que en ocasiones consideró vulnerados. Paradojas de la vida, llegó a ser acusado de traición a la patria y enviado a prisión en la isla San Lorenzo. Absuelto finalmente de todos los cargos, nuestro héroe supo perdonar y retornó a la Armada Peruana para seguir sirviendo al país. Algunos años después, accediendo al pedido de los pobladores de Paita, aceptó ser candidato al Congreso de la República y fue elegido diputado, puesto en el cual destacó por sus ideales democráticos, su magnanimidad y espíritu de servicio. Finalmente volverá a la Marina de Guerra, en la cual terminará sus días del modo que todos conocemos.

Otro aspecto poco conocido es su vida familiar. Casado con Dolores Caballero, tuvieron diez hijos. Su amor de esposo y padre ha quedado plasmado en las bellas cartas que escribió desde el Huáscar . En ellas llama a Dolores “idolatrada esposa”, “vida mía” y le dice “te tengo siempre presente en mi corazón”. En mayo de 1879, como presintiendo su muerte, le escribe: “suplicarte tu perdón por si creyeras que yo te hubiera ofendido intencionalmente”. En la misma carta le pide “que atiendas con sumo esmero y tenaz vigilancia la educación de nuestros hijos idolatrados”, y en otras ocasiones le encomienda que les compre “unos vestiditos y camisas, para que vayan siempre aseados a la escuela”, que cuide de que se esfuercen en los estudios y les haga “mil cariños a nombre de su papá”.

Esposo amoroso, padre tierno, político honrado, héroe de la patria. Testimonios históricos nos permiten asegurar que la fuente de sus virtudes fue el amor de Dios experimentado gracias a su fe católica. Antes de partir a la guerra participó en la Misa y comulgó en el templo de los Descalzos, en Lima, y de camino al puerto se detuvo a rezar en el Santuario de la Virgen del Carmen de la Legua, en el Callao. Una vez muerto, entre sus restos se encontró un detente del Corazón de Jesús y un escapulario de la Virgen. Hoy en día, la curul que ocupó el diputado Miguel Grau está en el centro del hemiciclo del Congreso de la República, vacía de su presencia física pero llena del recuerdo de sus virtudes que nos hacen presente la importancia de que en cada familia y en la sociedad se vuelva a transmitir la fe católica a las nuevas generaciones, para que desde ella surjan hombres y mujeres como los grandes santos y los grandes héroes que han marcado la vida de nuestra nación. ¡El Perú lo merece!

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa