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Lanzas y flechas

La iniciativa del Presidente de la República de anticipar en un año las elecciones generales ha encendido una vez más la pradera de las redes sociales, en las cuales no se han hecho esperar los insultos de unos contra otros, entre los que están a favor del proyecto presidencial y los que están en contra. En el caso de Arequipa, además, el ambiente digital estaba ya bastante incendiado con los insultos mutuos en torno a Tía María. Esto por sólo poner dos ejemplos; porque en realidad, como escribió hace unos meses el Papa Francisco, la redes sociales se han convertido para muchos en un territorio de violencia en el que se fomentan prejuicios y odios, se destruye la reputación de las personas y se obstaculiza la sana confrontación de las diferencias (ChV, 88-89). En síntesis, “las relaciones online pueden volverse inhumanas” (ChV, 90) cuando, por ejemplo, en lugar de servir para dialogar en base a ideas y argumentos, sirven para descalificar mediante insultos y adjetivizaciones al que piensa distinto.

Los insultos no son, sin embargo, un monopolio del mundo digital ni del siglo XXI. Ya Jesucristo se refirió a ellos cuando, predicando sobre el quinto mandamiento, “no matarás”, dijo que también el que insulta a otro viola ese mandamiento (Mt 5,21-22). Explicando esas palabras del Evangelio, el Papa ha dicho que eso se debe a que el insulto no termina en sí mismo sino que es el primer paso de un camino que conduce a descalificar al otro y a apartarlo de la sociedad. “El insulto separa, rompe la comunidad y mata al otro, comienza por quitar la fama y después se va más allá”, dijo Francisco en su homilía del 14 de junio del año pasado. Dijo también que, cuando se recurre a una ofensa de ese tipo para impedir que una opinión sea al menos escuchada, “el insulto cancela el derecho de una persona…lapida a esa persona, ya no tiene derecho a hablar, ya no tendrá voz en ese capítulo, se ha cancelado su voz”. En síntesis, el insulto es muy peligroso porque viola el derecho de toda persona a ser respetado y mata su futuro. Por eso con bastante frecuencia el Papa nos exhorta a no hablar mal de las personas, a no difamar ni mucho menos calumniar a los demás, y ha llegado a calificar a esas acciones como actos de terrorismo.

El sufrimiento de quien se ve insultado, difamado y calumniado lo expresa bien el salmista cuando dice: “Estoy como echado entre leones, devoradores de hombres; sus dientes son lanzas y flechas, su lengua es una espada afilada” (Sal 57). El daño que ocasiona un insulto puede ser tan grande, que resulta lamentable la facilidad con la que se recurre a él en discusiones de todo tipo, sea en la vía pública cuando el tráfico se pone insoportable, sea en las redes sociales o ciertos programas de radio y televisión, o incluso en discusiones familiares o de tinte político. Por eso quisiera terminar uniéndome al llamado que hizo el Papa Francisco en su citada homilía, a pasar “del insulto a la reconciliación, de la envidia a la amistad”, pues de esta manera no sólo se respeta la dignidad de los demás sino la de uno mismo. Mientras el insulto y la descalificación gratuita dañan a la víctima y al mismo agresor, el diálogo y el respeto mutuo hacen posible que todos crezcamos como personas y que en la sociedad se implante un clima de paz. Por eso, terminadas las fiestas patrias y al comenzar el mes de Arequipa, sería bueno que examinemos el modo en que nos expresamos y nos propongamos no sólo erradicar de nuestros labios todo insulto sino también no prestar oídos a quienes insultan a los demás. Aun más, como escribió el apóstol san Pedro: “no devuelvan mal por mal, ni insulto por insulto…busquen la paz y corran tras ella” (1Pe 3,9-11).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa