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La etapa final

Al parecer nos encaminamos hacia el final del aislamiento social dispuesto por el gobierno para contener la propagación del COVID-19. La primera etapa de la reactivación económica ha comenzado hace unos días. Varias empresas y numerosos trabajadores han retomado sus labores y muchos otros se están preparando para hacerlo en las siguientes semanas, elaborando los protocolos correspondientes y planificando su modo de trabajo sabiendo que el coronavirus seguirá entre nosotros por un buen tiempo. Muchísimas personas también se están preparando para el día en que puedan salir de casa sin mayores restricciones y están pensando en las medidas a tomar para evitar contagiarse y, eventualmente, contagiar a otros. Es una buena señal que nos estemos preparando responsablemente para este futuro cercano, aun cuando no sabemos con certeza cuándo llegará. Meditando sobre esto, vino a mi mente si también los cristianos nos estamos preparando para otro acontecimiento, que es mucho más trascendental y que sí sabemos cuándo llegará. Me refiero a la gran solemnidad de Pentecostés; porque mientras no es seguro que la cuarentena termine el domingo 24 de este mes, sí es seguro que hemos entrado en la última etapa del tiempo de Pascua y que éste culminará el 31 de mayo, día en que, en virtud de la sacramentalidad de la Iglesia, Dios enviará al Espíritu Santo con una especial intensidad, como cincuenta días después de la resurrección de Jesucristo lo envió sobre la Iglesia naciente.

El don del Espíritu Santo es el fruto del misterio pascual de Jesús de Nazaret. Su sacrificio en la cruz no tuvo como única finalidad el perdón de nuestros pecados. Ciertamente que eso ya hubiera sido bastante para nosotros; pero a Dios, que es “rico en misericordia” (Ef 2,4), no le ha bastado perdonar nuestros pecados, sino que además, por el gran amor con que nos ama, nos quiere hacer partícipes de su propia vida divina. Y así como el Espíritu Santo es el fruto eterno y el vínculo del amor entre el Padre y el Hijo, en su infinita bondad Dios ha querido enviárnoslo para introducirnos en esa comunión de amor que es la Santísima Trinidad. A través del Espíritu Santo, que es Dios como el Padre y el Hijo, Dios nos vincula consigo mismo, nos une a Él, se hace uno con nosotros, y de esta manera nos guía al conocimiento de la verdad completa que es el mismo Dios (Jn 14,6; 16,13); porque como enseña san Pablo, “lo íntimo de Dios lo conoce sólo el Espíritu de Dios” (1 Cor 2,11).

Este es el don que Jesús nos prometió antes de entrar en su pasión: “pediré al Padre que les envíe otro Paráclito que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad” (Jn 14,16-17), “el dará testimonio de mí y también ustedes darán testimonio” (Jn 15,26-27). La palabra “Paráclito”, con la que Jesús denomina al Espíritu Santo, significa defensor y consolador. Así, habitando en los cristianos como en un templo (1 Cor 3,16; 6,19; Rm 9,11), el Espíritu Santo nos defiende de las asechanzas del diablo (Ef 6,11), nos consuela ante las persecuciones del mundo “que no le ve ni le conoce” (Jn 14,17; 15,20) y nos fortalece para luchar contra la concupiscencia de la carne (Rm 5,16-17). Aun más, dice san Pablo: “si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros…también dará vida a vuestros cuerpos mortales” (Rm 8,11), es decir que nos resucitará con Cristo!

Ahora bien, ¿cómo prepararnos para la celebración de Pentecostés, para esta nueva venida del Espíritu Santo? A los apóstoles, Jesús les mandó: “quédense en la ciudad hasta que sean revestidos de la fuerza que viene de lo alto” (Lc 24, 49). La ciudad a la que se refirió Jesús en esos días era Jerusalén. Hoy es la Iglesia, la nueva Jerusalén, la ciudad santa (Ap 21,2), la esposa de Jesucristo (Ap 19,7; Ef 5,31-32). El mejor modo para prepararnos a celebrar la actualización de Pentecostés es manteniéndonos en la comunión de la Iglesia, que nos alimenta con la Palabra de Dios y la fuerza de los sacramentos. Ella, como la Virgen María, nos enseña a obedecer a Jesús (Jn 2,5); y como dijo san Pedro ante el Sanedrín: “Dios da el Espíritu Santo a los que le obedecen” (Hch 5,32).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa