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Sacudir la modorra

La pandemia ocasionada por el coronavirus COVID-19 que, además de ponernos en peligro de contagio o incluso de muerte en algunos casos, nos tiene en “aislamiento social”, está haciendo que esta Cuaresma sea radicalmente distinta a todas las que nos ha tocado vivir. En cierto sentido, es como si estuviéramos como el mismo pueblo de Israel, en el desierto, sin más seguridad que aquella que nos pueda venir de Dios. Ante esta realidad, tenemos dos posibilidades: murmurar, como en ocasiones lo hicieron los israelitas, o apoyarnos en Dios, como también ellos lo hicieron en otras ocasiones. Dios sabe que murmurar nos hace mal y, por eso, nos invita más bien a apoyarnos en Él, a confiar en Él en medio de la situación humanamente adversa en la que nos encontramos. Como dice el Papa Francisco en su mensaje para esta Cuaresma: “A pesar de la presencia, a veces dramática, del mal en nuestra vida, al igual que en la vida de la Iglesia y del mundo, este espacio (la Cuaresma) que se nos ofrece para un cambio de rumbo, manifiesta la voluntad tenaz de Dios de no interrumpir el diálogo de salvación con nosotros”.

Dios nos ama y, por eso, quiere dialogar con nosotros y salvarnos. Con esa finalidad, la segunda persona de la Trinidad, el Hijo, la Palabra eterna del Padre, se encarnó en el seno de la Virgen María y no sólo se hizo hombre sino que incluso, sin haber pecado jamás, “se hizo pecado por nosotros” (2Cor 5,21). En Cristo crucificado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación, Dios se ha puesto contra si mismo y en favor nuestro (Benedicto XVI, DCE 12). Así de grande es el amor que Dios tiene por todos los hombres, hasta por sus enemigos. Confiados en ese amor, podemos aprovechar esta Cuaresma tan peculiar que nos toca vivir, para entrar en el diálogo que Dios quiere tener con nosotros. No un diálogo en base a novedades pasajeras o de “charlatanería, dictado por una curiosidad vacía y superficial” que, como sigue diciendo Francisco, “caracteriza la mundanidad de todos los tiempos y en nuestros días puede insinuarse también en un uso engañoso de los medios de comunicación”, sino un diálogo serio y profundo, un diálogo sobre quién es Él y quiénes somos nosotros, un diálogo sobre nuestro origen, el sentido de nuestra existencia y el destino que Él quiere compartir con nosotros por toda la eternidad.

Muchas veces el Papa Francisco nos ha alertado sobre el peligro de que la cultura del bienestar nos adormezca. Así solemos ser los hombres, nos dejamos anestesiar por los falsos ídolos de este mundo, que nos crean un entorno de fantasía por el cual nos dejamos envolver con facilidad. Creemos que estamos viviendo en la verdad, pero la verdad es que estamos viviendo una fantasía. En este sentido, Dios que sabe sacar el bien incluso del mal, puede hacer posible, con su gracia, que de esta pandemia, que tanto sufrimiento está causando a la humanidad, pueda al final brotar algo bueno: “sacudir nuestra modorra”, como la llama el Papa en el mensaje que estamos comentando. Sentirnos amenazados por un virus microscópico, pequeñísimo, nos puede llevar a reconocer, si tenemos un poquito de humildad, lo pequeños y frágiles que somos. Y esto, reconocer nuestra debilidad, nos podría llevar, con ese poquito de humildad, a apoyarnos en el único que es omnipotente, Dios que en Jesucristo ha vencido el pecado y la muerte y viene en esta Pascua para hacernos partícipes de su vida inmortal. Entremos sin miedo en este desierto cuaresmal con los ojos fijos en Jesús, “caudillo y consumador de la fe”, y podremos experimentar que Dios jamás abandona al que se refugia en Él (Sal 34,8).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa