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Mensaje Semanal

La fuerza destructiva del pecado

Con el deseo de ayudarnos a prepararnos bien para la Semana Santa y la Pascua que celebraremos dentro de poco, en su Mensaje para la Cuaresma de este año el Papa Francisco nos presenta algunas reflexiones sobre lo que él califica como “la fuerza destructiva del pecado”. Partiendo del diseño de Dios de que los hombres vivamos en comunión con Él, con los demás y la creación, el Santo Padre nos recuerda que el pecado, al romper nuestra comunión con Dios, también daña nuestra relación con el prójimo y con el ambiente en el que estamos llamados a vivir, “de manera que el jardín se ve transformado en un desierto”. En otras palabras, si asumimos la actitud de los que el libro de la Sabiduría llama impíos, es decir “quienes no tienen a Dios como punto de referencia de sus acciones”, terminamos teniendo “comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas, y también hacia nosotros mismos, al considerar, más o menos conscientemente, que podemos usarlos como nos plazca”. Si el hombre no vive como hijo de Dios, asume poco a poco un estilo de vida que viola los límites de la naturaleza humana, y la lógica del poseer, el poder y el placer acaba por imponerse.

Lamentablemente, cada vez se hace más eco a ciertas corrientes que pretenden desterrar a Dios de la sociedad y hacer creer al hombre que cada uno puede ser el dios de su propia existencia, dueño único y absoluto de su vida, totalmente autónomo para autodeterminarse según mejor le parezca. De esta manera, tal vez incluso de manera inconsciente, se va inculcando en las personas lo que el Papa llama “avidez, afán por un bienestar desmedido, desinterés por el bien de los demás…según la codicia insaciable que considera todo deseo como un derecho y que antes o después acabará por destruir incluso a quien vive bajo su dominio”. En efecto, son muchas las personas que, diciéndose libres, optan por vivir como si Dios no existiera, no aceptan las leyes de la naturaleza y terminan perdiendo incluso las referencias morales más elementales. Viven para sí mismos, sin importarles los demás. Ahí están los padres que abandonan a sus hijos, los hijos que abandonan a sus padres, los que se enriquecen explotando a los pobres, los políticos a quienes no les interesa el bien común de la sociedad, los funcionarios del sector público o privado que viven en base a coimas, los que no toleran a quienes piensan distinto que ellos, los sacerdotes que abusan de niños o adultos vulnerables. Es el pecado que habita en el corazón del hombre y si éste no lo domina con la gracia de Dios, termina convirtiéndose en un ser destructivo para los demás y, por tanto, para sí mismo.

Todos somos frágiles ante las tentaciones del demonio. Nadie está confirmado en gracia y, por tanto, necesitamos estar alertas si no queremos que el pecado nos domine. Por eso, como bien nos dice Francisco, la Cuaresma, tiempo de preparación para la Semana Santa, “nos llama precisamente a restaurar nuestro rostro y nuestro corazón de cristianos, mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón, para poder vivir toda la riqueza de la gracia del misterio pascual”. Para ello hace falta que, confiados en el amor misericordioso de Dios, hagamos un buen examen de conciencia y descubramos cuáles son nuestros pecados, dónde se pone de manifiesto nuestro egoísmo, qué actitudes nuestras hacen daño a los demás y a nosotros mismos. Así, conscientes de nuestra realidad de pecado y de que éste no nos hace bien, podremos emprender, como el hijo pródigo, el camino de regreso a la casa de Dios Padre, que nos espera no para recriminarnos sino para perdonarnos, acogernos y hacer de nosotros una nueva creación.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa