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La Ascensión del Señor

Este domingo celebramos la fiesta de la Ascensión del Señor, es decir, el momento en que, según nos relata el evangelista san Marcos, “Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios” (Mc 16,19). Acontecimiento que sucedió cuarenta días después de la resurrección del Señor y cuya noticia ha llegado hasta nosotros gracias al testimonio de los apóstoles, puesto que sucedió “a la vista de ellos” (Hch 1,9), y a la tradición ininterrumpida de la Iglesia. De esta manera, se cumplió lo que el mismo Jesús había dicho a Nicodemo al inicio de su vida pública: “nadie puede subir al cielo sino el que ha bajado del cielo” (Jn 3,13), había también anunciado a sus discípulos poco antes de su muerte: “salí del Padre y he venido al mundo, ahora dejo el mundo y voy otra vez al Padre” (Jn 16, 28), y lo que una vez resucitado encargó a María Magdalena que les recordara: “ve y dile a mis hermanos que subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro” (Jn 20,17). Estas palabras, que habían resultado incomprensibles para los apóstoles cuando las escucharon (Jn 16,17), comenzaron a adquirir significado para ellos cuando, mientras miraban fijos al cielo mientras Él se iba alejando, una nube se lo quitó de la vista. Entonces, “volvieron a Jerusalén con gran alegría y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios” (Lc 24,52).

No es inusual ver en los aeropuertos a personas despidiendo con lágrimas y sollozos a algún familiar o amigo que parte de viaje. La separación, aunque sea temporal, de nuestros seres queridos, suele ocasionarnos al menos cierta tristeza. ¿Cómo se explica, entonces, que los apóstoles no se hayan quedado tristes ante la salida de Jesús de este mundo, sino que, por el contrario, se quedaran llenos de alegría? Nos lo explican las mismas Escrituras al transmitirnos las promesas con que Jesús los animó al anunciarles su partida: “les conviene que yo me vaya, porque si no me voy no vendrá a ustedes el Paráclito” (Jn 16,7), “no los dejaré huérfanos, sino que volveré a ustedes” (Jn 14,18) y “estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Así, según el diseño de Dios era necesario que Cristo pusiese término a su presencia visible en medio de la Iglesia naciente, para poder permanecer para siempre, aunque de modo invisible, en la Iglesia de todos los tiempos (San Agustín). Presencia que se da en virtud del Espíritu Santo, cuyo envío el día de Pentecostés, que celebraremos el próximo domingo, es el fruto de la misión mesiánica que comenzó con la Encarnación del Verbo y hace posible que, por la fe, Jesús habite en nosotros (San Cirilo de Alejandría). La Ascensión de Cristo a los cielos, entonces, es el culmen de su victoria sobre el pecado y la muerte, de la cual hace partícipes a los cristianos y por eso nos llena de alegría.

Además, Jesús había dicho a sus discípulos: “No se turbe su corazón…porque voy a prepararles un lugar y cuando esté preparado volveré y los llevaré conmigo, para que donde yo esté también estén ustedes” (Jn 14,1-3). Por eso, desde antiguo la Iglesia ha interpretado la Ascensión del Señor usando también la figura del parto, a partir de las palabras del mismo Jesús al anunciar su retorno al Padre: “La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero cuando da a luz al niño, ni se acuerda del aprieto, por el gozo de que al mundo le ha nacido un hombre” (Jn 16,21). Como bien enseña san Pablo, “Cristo es Cabeza de la Iglesia, el salvador del Cuerpo” (Ef 5,23; Col 1,18); y así como en el nacimiento lo primero que entra en este mundo es la cabeza del niño y después el cuerpo, la Ascensión del Señor, nuestra Cabeza, es prenda y garantía de que también el Cuerpo compuesto por sus fieles discípulos llegará al cielo. Como dijo san Juan Pablo II, Cristo sube al cielo para enviarnos el Espíritu Santo, de manera que, renovando en la Eucaristía el memorial de su misterio pascual, podamos participar en la nueva vida de su cuerpo glorificado y “prepararnos para entrar en las moradas eternas, donde nuestro Redentor nos ha precedido para prepararnos un lugar en la Casa del Padre” (Catequesis, 5.IV.1989).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa