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Mensaje Semanal

¡Felíz Navidad!

Esta es la frase que más repetimos en estos días. ¡Feliz Navidad! nos deseamos mutuamente y es lo que queremos vivir. Es también mi deseo para cada uno de ustedes y para toda la humanidad. Pero ¿qué significa “feliz Navidad”? ¿Cómo podemos experimentar realmente la felicidad en la Navidad? Si hiciéramos una encuesta nos darían diversas respuestas. Tal vez para la mayoría pasar una feliz Navidad significa celebrar una bonita fiesta en familia, todos unidos y en paz, sin discusiones ni quehaceres que nos alejen de los seres queridos. Para otros la felicidad navideña puede estar relacionada a recibir un regalo especial o darlo a un ser querido: al esposo o la esposa, a los hijos o a los nietos, a los papás o los abuelitos, o a ese amigo o amiga más cercano a quien queremos hacer presente nuestro cariño con algún detalle. Todo eso está bien, porque son formas de exteriorizar los buenos sentimientos que todos tenemos en el corazón y que dejamos brotar con más facilidad en estos días de fiesta.

Sin embargo, limitar la Navidad a un intercambio de regalos o a una experiencia meramente afectiva o sentimental equivaldría a aspirar a una felicidad pasajera, a una vivencia agradable pero que se iría desvaneciendo con el correr de los días. La verdadera felicidad, en cambio, esa que Dios nos quiere dar en esta Navidad, es algo mucho más grande y permanente. Y lo mejor de todo es que Dios nos la quiere dar gratuitamente.

Celebrar una feliz Navidad está al alcance de todos y no requiere de ningún esfuerzo por parte nuestra. Basta que seamos conscientes de lo que estamos celebrando y abramos nuestro corazón, es decir lo profundo de nuestro ser, para acoger el regalo que Dios nos quiere dar y que es capaz de introducirnos en una felicidad que no se agota con el transcurso de los días. En primer lugar, entonces, ser conscientes de que en la Navidad celebramos el nacimiento de Dios en la carne. Dios mismo que se hace hombre, asume nuestra naturaleza humana en el seno de la Virgen María y la une a su naturaleza divina. De modo que, a partir de la Navidad, en una sola persona, que es la segunda persona de la Santísima Trinidad, han quedado unidas para siempre la naturaleza divina y la naturaleza humana. Dicho en otras palabras, en Jesús de Nazaret, a quien ahora contemplamos niño en el pesebre, Dios se une para siempre con el hombre, con todos los hombres, con cada uno de los hombres, varones y mujeres de todos los tiempos, incluidos nosotros.

Abrir nuestro corazón a este acontecimiento significa acoger en lo profundo de nuestro ser a Dios que, en Jesús de Nazaret, viene a buscarnos en esta Navidad para habitar en nosotros,  rescatarnos del pecado y de la muerte, y elevar nuestra naturaleza humana haciéndonos partícipes de su vida divina. Como hace unos días ha dicho el Papa Francisco, la Navidad “será verdaderamente una fiesta si acogemos a Jesús”; porque Él nos hace caminar en la vida con alegría, nos capacita para hacer el bien y para ser felices por toda la eternidad.

¡Feliz Navidad para todos!

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa