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Mensaje Semanal

Feliz Navidad

“Hoy les ha nacido un salvador, el Mesías, el Señor” (Lc 2,11). Son las palabras con las que el ángel anunció el nacimiento de Jesús a unos pastores que esa noche velaban cuidando a su rebaño. Es también la buena noticia que resuena año tras año en el corazón de la Iglesia y que acompaña cada día a los cristianos, de manera especial en estos días de Navidad. Dios se ha hecho hombre para salvarnos. No ha mandado un mensajero ni un intermediario. Él mismo ha bajado del Cielo y se ha hecho hombre para liberarnos de la esclavitud del pecado y de la muerte. Como dice el apóstol san Pablo: así como por la desobediencia de un hombre, Adán, entró el pecado en el mundo, y por el pecado entró la muerte, con mayor razón por la obediencia de otro hombre, Jesucristo, obtenemos el perdón de nuestros pecados y la vida eterna los que por la fe nos adherimos a Él y seguimos sus huellas (cfr. Rom 5, 12-21).

La Navidad son días de fiesta en los que nos regocijamos y con los ángeles cantamos “gloria a Dios en el Cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”; porque Dios nos ama tanto que nos ha envidado a su Hijo único para que, haciéndose hombre y obedeciendo a su Padre hasta la muerte, se ofrezca a sí mismo como expiación por nuestros pecados y nos dé a cambio su Espíritu Santo que hace de nosotros una nueva creación y nos capacita para hacer el bien y, de esa manera, alcanzar la vida eterna. “Qué admirable intercambio, el creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de una virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad” (Antífona de Navidad). Él, que es eterno, entra en el tiempo y se abaja hasta nosotros para elevarnos con Él al Cielo. El omnipotente, el que gobierna todo lo creado, se despoja de su poder y se hace un niño frágil y totalmente dependiente de los hombres. La Palabra eterna de Dios se hace un bebe incapaz de hablar. Cómo no conmovernos al contemplar a ese niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre, en la más absoluta pobreza material (cfr. Lc 2,7). Cómo no dar gracias a Dios por su amor y su misericordia para con nosotros que, a través de su Iglesia, ha querido revelarnos el misterio de nuestra salvación.

Deseo que las celebraciones de la Navidad sean para todos días de fiesta, de alegría y júbilo; pero que sean, sobre todo, días de amor y de agradecimiento a Dios; que, como esos pastores de los que nos habla el Evangelio, salgamos de nosotros mismos, de nuestros planes y proyectos, y vayamos al encuentro del Niño de Belén, que viene a transformar nuestra vida para llevarla a plenitud. Como hace un par de días ha dicho el papa Francisco: “Jesús quiere nacer en los corazones para donar la alegría verdadera que nadie podrá quitar”. No dejemos que la maquinaria publicitaria, que se despliega de modo intenso en estos días, nos hipnotice. Tampoco dejemos que el sentimentalismo, que así como llega se va, nos impida ir a la esencia de la fiesta. Abramos más bien nuestro corazón a la gracia que Dios nos quiere dar en esta Navidad. Pongámonos en sus manos, como hicieron María y José. Acojamos al Emmanuel en nuestra vida y en nuestros hogares, para que también en nosotros se cumplan las palabras de Jesús: “hoy a llegado la salvación a esta casa” (Lc 19,9).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa