+51 · 54 · 214778   comunicaciones@arzobispadoarequipa.org.pe

Mensaje Semanal

Nuevos Pastores

El viernes pasado, en la fiesta de la Cátedra del Apóstol San Pedro, he tenido la gracia de ordenar ocho nuevos sacerdotes para nuestra Arquidiócesis de Arequipa y, a través de ella, para la Iglesia universal. Mientras tanto, el Papa Francisco estaba reunido en Roma con representantes de los obispos de todo el mundo, para afrontar juntos la mayor herida que ha sido infligida a la Iglesia en los últimos siglos: los abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por sacerdotes en contra de menores de edad y otras personas vulnerables. Sacerdotes en quienes ellos confiaron y que, en lugar de hacerles presente el amor de Dios y conducirlos a la vida eterna, los traicionaron y violaron lo más íntimo de su cuerpo y/o su espíritu. ¿Cómo ha podido suceder esto y, durante mucho tiempo, esconderse esta plaga que ha afectado y sigue afectando a no pocos fieles, sin que nadie hasta hace pocos años haya dicho o hecho algo para afrontarla y erradicarla? La respuesta no es simple. Por un lado, debemos reconocer que en muchos casos no se ha sido lo suficientemente diligentes al seleccionar a los candidatos al sacerdocio. Por otro lado, puede ser cierto también que no se tuvo la debida consciencia para percibir la enfermedad. Y así podríamos seguir buscando razones, todas probablemente válidas. Sin embargo, como bien ha dicho el Papa Francisco, hay otro asunto de fondo: una equivocada concepción de Iglesia y de sacerdocio o, dicho de otro modo, del lugar y la misión del sacerdote en la Iglesia.

Pensaba en estas cosas la semana pasada, al mismo tiempo que iba preparando la ordenación de los nuevos sacerdotes que antes he mencionado. Conozco a los ocho desde hace diez o más años. Los vi llegar al Seminario, bastante jovencitos, y los he acompañado a lo largo de su formación. He compartido con ellos, sus compañeros y formadores, momentos de alegría y de dificultad. Les he dictado clases varios años y predicado innumerables veces. Hemos celebrado juntos sus avances en el camino hacia el sacerdocio y hemos sufrido, también juntos, sus fracasos. Finalmente, llegó el gran momento de su ordenación sacerdotal. Y ahora estaban ahí, ante mí, en la catedral de Arequipa abarrotada de fieles, familiares, amigos y miembros de sus parroquias o movimientos, esperando con ilusión que, por la imposición de mis manos y la oración que en nombre de toda la Iglesia elevé a Dios, el Espíritu Santo descendiera sobre ellos y transformara lo más profundo de su ser convirtiéndolos en sacramento vivo de Jesús, el Buen Pastor que da la vida por las ovejas.

He ahí la gran novedad del sacerdocio cristiano. Los sacerdotes verdaderamente cristianos son hombres elegidos por Dios de en medio de su pueblo y para servir a ese mismo pueblo a costa de su propia vida, como Jesús dio su vida para la salvación del mundo entero. Son pastores cuya misión es cuidar, apacentar, alimentar y guiar a la porción del rebaño de Dios que les es confiada. No son caciques ni jefes. Son servidores. No son los primeros en la comunidad, son los últimos. No les mueve el afán de poder, prestigio, afecto o dinero. Les mueve sólo el amor de Dios, que experimentan cada día a través de la oración y de la misericordia con que Dios los trata, y por eso aman a Dios y al prójimo y son misericordiosos con todos. Soy testigo de la ilusión y rectitud de intención con que nuestros ocho nuevos sacerdotes comienzan su ministerio. Y sé que en la medida en que continúen viviendo pobres, castos, obedientes y sirviendo a los demás, continuarán la labor de muchísimos sacerdotes santos que los han precedido y, de esa manera, el mal no tendrá poder sobre ellos y ellos no sólo no harán mal a nadie sino que harán mucho bien a los demás y, así, nuestra Iglesia en Arequipa continuará su misión de hacer presente el Reino de Dios en este mundo.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa