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Mensaje Semanal

El Papa y la corrupción

Con el deseo de evitar que, con el trascurrir de los días, de la visita del Papa sólo nos quede un recuerdo emotivo, al igual que las semanas pasadas dedicaré esta columna a algún tema de sus mensajes. En esta ocasión será la corrupción, sobre la cual el Papa habló directamente en su encuentro con las autoridades, representantes de la sociedad civil y del cuerpo diplomático, realizado el 19 de enero en el Palacio de Gobierno, y mostró su preocupación en el diálogo que tuvo con los obispos el 21 de enero.

Según el Diccionario de la Lengua Española, corromper significa echar a perder, depravar, dañar, sobornar, pervertir, viciar, estragar. A todo eso se refirió Francisco cuando, en su discurso en Palacio de Gobierno, calificó a la corrupción como un virus degradante que, poco a poco y muy sutilmente, contamina el entramado vital e infecta a la sociedad perjudicando sobre todo a los más pobres. Es lo mismo que había sostenido en el año 2007, siendo arzobispo de Buenos Aires, junto con los obispos que participaron en la quinta conferencia general del episcopado latinoamericano y del Caribe, al tildar a la corrupción como un flagelo alarmante que “viene destruyendo el tejido social y económico de regiones enteras” (Aparecida, 70). Para el Papa, la corrupción y el narcotráfico son dos ejes que impiden la consolidación de América Latina como esa “patria grande” que durante largo tiempo se soñó (cfr. Latinoamérica, Lima 2017, p. 110).

A juicio de Francisco, sin embargo, la corrupción no se circunscribe a ciertos funcionarios públicos, políticos o grandes empresarios, sino que puede infectar también a todo tipo de ciudadanos e incluso a miembros de la jerarquía de la Iglesia; porque, como declaró hace un tiempo al periodista Andrea Tornielli, “el corrupto a menudo no se da cuenta de su estado”. La corrupción es el pecado elevado a sistema, es una manera hipócrita de vivir que sumerge al hombre y a enteras sociedades en la mentira y el fraude. Dijo el Papa en esa entrevista: “El corrupto es el que se indigna porque le roban la cartera y se lamenta por la poca seguridad que hay en las calles, pero después engaña al Estado evadiendo impuestos y quizá hasta despide a sus empleados cada tres meses para evitar hacerles un contrato indefinido…Es el que quizá va a misa el domingo, pero no tiene ningún problema en aprovecharse de su posición de poder reclamando el pago de sobornos” (El nombre de Dios es misericordia, Lima 2016, p. 94).

A la luz de estas enseñanzas puede cada uno examinar su conciencia; porque, también lo dijo el Papa en Palacio de Gobierno, “la corrupción es evitable y exige el compromiso de todos”. Una cosa es ser pecador y otra ser corrupto. Si el pecador reconoce su pecado y se arrepiente, recibe el perdón de Dios. El corrupto, en cambio, vive instalado en el pecado. No sólo no se arrepiente sino que se autojustifica y termina esclavo de su propia mentira. La corrupción mata el alma, la conversión la resucita. Examinemos nuestra conciencia y si alguno descubre que el virus de la corrupción lo ha infectado, no tenga miedo de volver a Dios para que lo cure y experimentará que de su corazón brotará el gozo de la verdad.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa