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Mensaje Semanal

Entre santos y difuntos

La Iglesia comienza el mes de noviembre con dos celebraciones litúrgicas muy importantes: el 1 de noviembre, la solemnidad de Todos los Santos, y el 2 la conmemoración de los Fieles Difuntos. En la primera de ellas, damos gracias a Dios por los hermanos nuestros que ya han llegado al Cielo y viven plenamente con Dios. Entre ellos destacan aquellos que la Iglesia reconoce como santos a través de un acto concreto del Papa, que comúnmente llamamos canonización, como Ignacio de Loyola, Juan Bautista de la Salle, Teresa de Jesús, Catalina de Siena y bastantes otros; pero hay muchísimos más cuyos nombres no conocemos. Como dice la Escritura, son “una multitud inmensa, que nadie podría contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas” (Ap 7,9). El 2 de noviembre, en cambio, conmemoramos y ofrecemos sufragios por aquellos hermanos nuestros que ya han partido de este mundo pero todavía no han llegado al Cielo. Son fieles que han muerto en gracia de Dios, es decir sin pecados mortales, pero que no fueron suficientemente purificados en este mundo y requieren pasar por el Purgatorio antes de acceder al Cielo.

Estas dos celebraciones litúrgicas nos recuerdan que nosotros no hemos sido creados para la muerte eterna sino para el Cielo. Dios nos ha creado por amor y desea ardientemente que vivamos con Él por toda la eternidad, participando de su propia vida divina. Así lo anunció, por ejemplo, el profeta Isaías cuando dijo que Dios no se complace en la muerte del pecador sino en que se convierta y viva (Is 33,11); y san Pablo escribió: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2,4). Las celebraciones de estos días, entonces, nos hablan del carácter inevitable de la muerte, pero nos hablan sobre todo de la resurrección, porque Dios es más fuerte que la muerte y quien muere en comunión con Él también vivirá eternamente con Él. Morir con Cristo es morir en la comunión de los santos, en la fe de la Iglesia y, por tanto, en la esperanza de la resurrección. Y, como también dice san Pablo, “la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rm 5,5), y ese mismo Espíritu, que resucitó a Jesucristo de entre los muertos, resucitará también a quienes creen en Él (Rm 8,11).

Como nos ha recordado hace unos días el Papa Francisco, citando a san Juan Pablo II, la celebración de todos los santos y los fieles difuntos “nos invitan a mirar al Cielo, meta de nuestra peregrinación terrena”, donde nos espera la comunidad festiva de nuestros hermanos en la fe que han partido antes que nosotros (Catequesis, 30.X.2019). Al mismo tiempo, sin embargo, nos invitan a mirar cómo estamos viviendo en este mundo que, si bien es pasajero, es el lugar y el tiempo que Dios nos concede para prepararnos para vivir con Él por toda la eternidad. En síntesis, tener presente la muerte nos recuerda que, en definitiva, “no cuenta lo que tenemos, sino lo que somos ante Dios y para los hombres…Nos invita a buscar y a ser en la vida lo que puede permanecer en la muerte y en la eternidad” (J. Ratzinger). El camino al Cielo nos ha sido abierto por Jesús y ha sido ya recorrido por una muchedumbre de hermanos nuestros. Es el camino de las bienaventuranzas que también nosotros estamos llamados a recorrer “renunciando a todo lo que nos estorba y al pecado que nos asedia, fijos los ojos en Jesús, que dio inicio y lleva a plenitud nuestra fe” (Hb 12,1).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa