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Mensaje Semanal

Belleza que cautiva

Comenzamos la Cuaresma y conviene que vayamos usando los mejores medios con que contamos para aprovechar este tiempo de gracia y conversión que nos prepara para experimentar en carne propia, en la Semana Santa, la victoria de Jesucristo sobre el pecado y la muerte. El primer medio con que contamos para esto es la oración. Como dice el Papa Francisco en su exhortación Evangelii Gaudium: “Nos hace falta clamar cada día a Dios, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial” (n. 264). Ya decía san Agustín que los hombres necesitamos convertirnos cada día de las creaturas al Creador, porque como dijo Jesús: “el espíritu está pronto, pero la carne es débil” (Mt 26,41). La realidad es que, más allá de nuestras buenas intenciones, en el transcurso de nuestras actividades cotidianas todos tenemos esa inclinación a alejarnos de Dios y apegarnos a las cosas de este mundo, a los afectos, a los bienes materiales, al ansia de prestigio y otras idolatrías que nos van impidiendo amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, que es la clave de la felicidad.

La oración es fundamentalmente un don de Dios, pero requiere la respuesta libre del hombre. No es que nosotros podamos rezar solamente porque lo deseamos. En realidad, el mismo deseo de rezar es una inspiración que nos viene de Dios a través del Espíritu Santo. Dios nos invita a unirnos a Él a través de la oración, pero no nos fuerza hacerlo, así que nosotros podemos acoger o rechazar esa invitación. En ese sentido, Juan Pablo II decía que rezar no es algo que debe darse por supuesto, sino que debemos aprender a hacerlo. En la oración, escribió el Papa santo, “se desarrolla ese diálogo con Cristo que nos convierte en sus íntimos…Esta reciprocidad es el fundamento mismo, el alma de la vida cristiana…el secreto de un cristianismo realmente vital, que no tiene motivos para temer el futuro” (NMI, 32). La oración, en tanto diálogo de amor, hace posible que la persona llegue a ser poseída por Dios hasta el punto de experimentar la propia vida divina en lo profundo de su ser.

Lamentablemente, este mundo que cada vez nos obliga a ir más de prisa, en no pocas ocasiones nos hace olvidar la importancia de cultivar la intimidad con Dios y nos lleva a caer en la trampa del materialismo que nos deshumaniza y esclaviza. De esa manera, terminamos hartos de todo y llenos de nada, presos en una aridez que no nos satisface. De ahí la importancia de aprovechar este tiempo de Cuaresma para acogernos a la gracia de Dios y combatir contra ese hombre viejo que todos tenemos dentro y contra esas tentaciones del demonio que nos quiere hacer creer que somos autosuficientes. Aprovechemos que en la Cuaresma Dios nos da gracias especiales y retomemos o dediquemos algo más de tiempo a la oración. Así podremos experimentar qué dulce es estar frente a un crucifijo o de rodillas ante el sagrario o en diálogo con Dios a través de la lectura orante de la Biblia. Como dice el Papa Francisco: “Si lo abordamos de esa manera, su belleza nos asombra, vuelve a cautivarnos una y otra vez” (EG, 264).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa