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Domingo de Misericordia

En el marco del Jubileo del año 2000, san Juan Pablo II instituyó el segundo domingo de Pascua como “Domingo de la Divina Misericordia”. Cumplió así el pedido que el mismo Jesucristo hizo varias décadas antes a santa Faustina Kowalska, una joven y sencilla religiosa polaca a quien el Señor eligió en los inicios del siglo veinte para iniciar en la Iglesia esta devoción que nos introduce en el ser íntimo de Dios que es “rico en misericordia” (Ef 2,4). Por entonces, la humanidad sufría los estragos de la primera guerra mundial: muertes, divisiones, odios, pobreza e incertidumbre. Jesús conocía bien la situación y, además, sabía que se acercaban la segunda guerra mundial y todos los males que comenzaron a afligir a la humanidad en la medida en que esta comenzó a alejarse de Dios y a hacer el “mundo de hoy, donde existe tanto mal físico y moral como para hacer un mundo enredado en contradicciones y tensiones y, al mismo tiempo…explica la inquietud a la que está sujeto el hombre contemporáneo” (Juan Pablo II, Dives in misericordia, 11). Sabía Jesús que se acercaba el tiempo en el que, como dice el Papa Francisco, “en una cultura frecuentemente dominada por la técnica, se multiplican las formas de tristeza y soledad, en las que caen muchas personas, entre ellas muchos jóvenes” (Misericordia et misera, 3).

En esas circunstancias, en el año 1933 Jesús le dijo a sor Faustina: “mira mi corazón misericordioso…las llamas de la misericordia que quiero derramar sobre las almas”. En 1935 le volvió a decir: “mi corazón está colmado de gran misericordia para las almas y especialmente para los pobres pecadores”, y en 1937: “deseo darme a las almas y llenarlas de mi amor” (Diario, 177; 367; 1017). Así, anticipándose al vacío profundo que sabía que experimentaría el hombre posmoderno después de que se decretase la supuesta muerte de Dios y el endiosamiento del mismo hombre como si en los ídolos de este mundo pudiera encontrar la felicidad que tanto ansía, Jesús le pide a santa Faustina: “habla al mundo entero de mi bondad” (580). Misión ésta que, como escribió Juan Pablo II, la Iglesia tiene mayor deber de cumplir cuando la conciencia humana más pierde el sentido del significado mismo de la palabra misericordia y cuanto más se aleja de Dios, pues justamente es cuando el hombre más necesita el anuncio y el testimonio “del amor que es más fuerte que la muerte, más fuerte que el pecado y que todo mal, del amor que eleva al hombre de las caídas graves y lo libera de las más grandes amenazas” (DM, 15). En palabras de Francisco, hoy más que nunca el mundo necesita testigos del amor misericordioso de Dios, para deshacer las quimeras que prometen paraísos artificiales y llenar el vacío profundo que estos dejan en quienes creen en ellas (MM, 3).

En efecto, si como dice la Palabra de Dios “el salario del pecado es la muerte” (Rm 6,23), la misión salvífica que Jesucristo le ha encomendado a la Iglesia a favor de los hombres, especialmente de los más pecadores, exige que ésta haga presente el perdón de los pecados que nos ha sido dado en Cristo crucificado y resucitado que nos revela el amor misericordioso de Dios; porque “la misericordia es esa acción concreta del amor que, perdonando, transforma y cambia la vida”, ya que “una vez que hemos sido revestidos de misericordia, aunque permanezca la condición de debilidad por el pecado, esta debilidad es superada por el amor que permite mirar más allá y vivir de otra manera” (MM, 1-2). En síntesis, en la hora dolorosa de la historia que nos toca vivir, marcada por la pandemia del COVID-19 que ha puesto de manifiesto la fragilidad del ser humano, lo corta que es la vida en este mundo y las graves injusticias que hay en él a causa del pecado, los cristianos estamos llamados a renovar nuestra confianza en Dios y a hacer presente, especialmente con nuestras obras, su amor misericordioso hacia cada uno de los hombres, para que nadie caiga en la desesperanza sino que todos puedan decir con nosotros: ¡Jesús, en ti confío!, tal como el mismo Jesús lo pidió a través de santa Faustina Kowalska con el deseo de hacernos partícipes de su vida divina.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa