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Tiempo de Desintoxicarse

La Cuaresma, como medio de preparación para la Pascua, es un tiempo de conversión. Un tiempo en que los cristianos, siempre conscientes de nuestra debilidad e insuficiente fidelidad a Jesucristo que nos ha amado hasta entregarse a la muerte por nosotros (Ga 2,20), recorremos con mayor intensidad el camino de regreso a la Casa del Padre, seguros de que, como al hijo pródigo, Él nos espera para hacer fiesta con nosotros (Lc 15,11-24); porque, como dijo el mismo Jesús, “hay más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierte, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse” (Lc 15,7). Y para que podamos gozar de esa alegría y de la fiesta de la Pascua, en la que Cristo vence en nosotros el pecado y nos hace partícipes de su resurrección, en la Cuaresma Dios nos envía gracias especiales para que podamos convertirnos. Por eso, en su mensaje para esta Cuaresma, el Papa Francisco nos dice: “No dejemos pasar en vano este tiempo de gracia, con la ilusión presuntuosa de que somos nosotros los que decidimos el tiempo y el modo de nuestra conversión a Él”, antes bien, “en este tiempo favorable, dejémonos guiar como Israel en el desierto a fin de poder escuchar finalmente la voz de nuestro Esposo, para que resuene en nosotros con mayor profundidad”.

Con esa finalidad, el Papa nos recuerda la especial importancia de la oración en el tiempo de Cuaresma. No una oración obligada o en base a fórmulas preconcebidas que se repiten de modo automático sin casi prestar atención a lo que se está diciendo, sino la oración en cuanto “diálogo de corazón a corazón”, “un cara a cara con el Señor crucificado y resucitado”, a través del cual su Palabra penetre en nosotros y su misericordia llegue “a tocar la dureza de nuestro corazón, para convertirlo cada vez más al Señor y a su voluntad”. Como dijo el mismo Francisco en el Angelus del 26 de enero de este año en la Plaza de San Pedro: “Nuestra fidelidad al Señor no puede reducirse a un esfuerzo personal, sino que debe expresarse en una apertura confiada de corazón y mente para recibir la Buena Nueva de Jesús”. Tener esto claro es fundamental. Lamentablemente, no pocas veces los deseos de conversión fracasan porque se basan en uno mismo y en sus solas fuerzas y no en Cristo y la fuerza del Espíritu Santo. En este sentido, la Cuaresma es el tiempo propicio para abrir nuestro corazón, lo profundo de nuestro ser, al amor misericordioso de Dios y dejar que sea Él quien nos transforme. “Aquí es donde comienza el verdadero camino de la conversión”, dijo el Papa en esa ocasión.

Ahora bien, ¿cómo hacer para abrir nuestro corazón a Dios y dejarnos transformar por su gracia? Desde mi larga experiencia en estos menesteres, suelo recomendar la contemplación. Contemplar el amor de Dios a través de la lectura orante de las Sagradas Escrituras o simplemente fijando los ojos ante una imagen de Jesucristo crucificado o ante su presencia real en el sagrario. Ahí descubrimos que la fe no se reduce a la adhesión a una doctrina sino que es el fruto de la relación con una persona que realmente nos ama y ha pagado por nuestros pecados. “Contempladlo y quedaréis radiantes”, dice el Salmo 33. A través de la contemplación, Dios sana nuestra heridas, nos transforma con su amor, ilumina la oscuridad, nos da fuerzas en la debilidad y valentía ante las pruebas (Francisco, Homilía, 6.I.2020). En la intimidad con Dios descubrimos que la Pascua no es un mero acontecimiento del pasado sino que es siempre actual y eficaz. Por ello, en esta segunda semana de Cuaresma los invito a darse un tiempo para estar a solas con el Señor. Como dice el Papa, “es la forma de desintoxicarse de muchas cosas inútiles, de adicciones que adormecen el corazón y aturden la mente” (ibid.). En síntesis, es la mejor manera de ir preparándonos para que la Pascua haga efecto en nosotros.


+ Javier Del Río Alba

Arzobispo de Arequipa