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Mensaje Semanal

En la fila de los pecados

Con la fiesta del Bautismo del Señor, que celebramos este domingo, concluye el tiempo de Navidad. El niño que hace unas semanas contemplábamos en el pesebre de Belén, ha alcanzado la edad adulta y ha tomado consciencia de que ha llegado el momento de llevar a cumplimiento la misión para la cual su Padre lo ha enviado a este mundo. Dios ha estado siempre cerca de su pueblo y de toda la humanidad. Aun cuando nuestros primeros padres, Adán y Eva, se vieron precisados a abandonar el paraíso a causa de su pecado, Dios no los abandonó, como tampoco abandonó a Caín incluso después de que éste mató a su hermano Abel. Así lo testifican las Sagradas Escrituras (Gn 4,15). Pero en Jesús de Nazaret, Dios ya no está solamente cerca de nosotros, cerca de la humanidad, sino que está con nosotros, se ha hecho uno de nosotros. Ha asumido plenamente nuestra naturaleza humana y de esa manera ha venido a vivir entre nosotros para siempre. Y como nosotros, más allá de nuestra buena voluntad y nuestros esfuerzos, somos pecadores, Jesús comienza su vida pública poniéndose en la fila de los pecadores, es decir en nuestra fila, para hacerse bautizar por Juan en el río Jordán.

El evangelista Mateo relata que muchísima gente iba al Jordán para confesar sus pecados delante de Juan y recibir ese bautismo de conversión. Cuando llega Jesús, Juan se resiste a bautizarlo, porque sabe que Jesús no es un pecador y no tiene de qué purificarse. Jesús le insiste que lo haga porque, como le dice, “es necesario que se cumpla toda justicia”. Esta frase, que podría sonar un tanto enigmática, comienza a revelar el sentido del acto que Jesús está por realizar. Jesús es un judío y para los judíos el término “justicia” está íntimamente vinculado a la Torá. El hombre justo es aquel que adecúa su vida a la voluntad de Dios. Jesús ha venido a este mundo a cumplir la voluntad de Dios: dar la vida por los pecadores. Así, al ser sumergido por Juan en las aguas del Jordán, Jesús está dando un signo anticipado de lo que hará unos años después: entrar en la cruz, ser sumergido por nosotros en la muerte, para expiar nuestros pecados.

Pero la historia no termina ahí, sino que cuando Jesús emerge de las aguas del Jordán, se abre el cielo, el Espíritu Santo desciende sobre él y se escucha la voz de su Padre que dice: “He aquí mi hijo amado, en quien me complazco”. Con esta segunda frase se termina revelar el sentido del bautismo de Jesús. No sólo es un signo anticipado de su muerte sino también de su resurrección y ascensión al cielo. Dios declara con anticipación que acepta complacido el sacrificio que Jesús hará por nosotros y, por tanto, es una garantía de que no lo abandonará en la muerte. Jesús resucitado subirá al cielo y lo hará accesible para nosotros. Las puertas del paraíso que quedaron cerradas por la desobediencia de Adán y Eva, se vuelven a abrir para todos los hombres por la obediencia de Jesús a la voluntad de Dios. Este es el sentido profundo del bautismo de Jesús en el Jordán y también el sentido del bautismo que recibimos los cristianos. A través de este sacramento somos injertados en Cristo y, por tanto, sacramentalmente somos introducidos en su muerte, pero también en su resurrección. El mismo Espíritu Santo que descendió sobre Jesús en el Jordán desciende sobre nosotros, nos hace partícipes de su vida divina y capaces de adecuar nuestra vida a la voluntad de Dios. De esa manera el Reino de los Cielos llega a nosotros y, vencidos el pecado y la muerte, comenzamos a vivir, ya en este mundo, la vida eterna.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa