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Mensaje Semanal

ARI-QUEPAY

Este 15 de agosto celebramos el aniversario de la fundación de nuestra querida Arequipa. Brota de nuestro corazón el deseo de festejarlo, para lo cual son importantes dos elementos: primero, recordar qué festejamos; segundo, definir el modo en que lo festejamos. Respecto a lo primero, vale la pena tener en cuenta que no celebramos solamente la fundación de la ciudad, sino que celebramos también el formar parte de esta comunidad, sea por haber nacido en Arequipa o por descender de arequipeños o por haber llegado a vivir acá por diversas razones y habernos integrado a esta realidad local. Respecto al modo en que lo festejamos, si no queremos quedarnos en lo superficial parece fundamental que, como parte de nuestras celebraciones, hagamos memoria de nuestra historia. Al hacerlo, encontraremos el gran tesoro de humanidad, tesón y espiritualidad que siempre nos ha caracterizado. Podremos entonces, sin complejos de superioridad pero al mismo tiempo sin falsa modestia, dar gracias a Dios por esta identidad arequipeña que nos distingue, aunque no nos separa, de otras comunidades que conforman nuestro Perú.

Como hace un tiempo dijo el Papa Francisco en Polonia, la conciencia de identidad es esencial para organizar una comunidad basada en su patrimonio humano, social, político, económico y religioso, manteniendo su cultura fiel a la tradición y, al mismo tiempo, abierta a la renovación. En este sentido, merece destacar que la identidad arequipeña ha estado siempre caracterizada por la fe católica y la devoción mariana. De hecho, no por casualidad la fundación de Arequipa se realizó un 15 de agosto, día en que se celebra la solemnidad de la Asunción de la Virgen María al Cielo. Desde entonces, la Virgen no ha dejado de acompañarnos, aun en los momentos más difíciles de nuestra vida familiar y social; por eso se ha ganado nuestro amor de hijos que, con toda justicia, la invocamos ahora como nuestra “Mamita de Chapi”. Nuestra identidad católica, además, ha hecho posible que Arequipa aporte no pocos de los más ilustres hijos del Perú y sea pionera de importantes gestas sociales, políticas y religiosas en nuestra nación.

Animados entonces por nuestra fe católica, que debemos seguir fortaleciendo, y por las metas alcanzadas a lo largo de nuestros casi cinco siglos de historia, podemos afrontar con esperanza los retos que ahora se nos presentan, entre los cuales quisiera destacar la importancia de la integración o, dicho en otras palabras, vivir la unidad en la diversidad. La concordia y el respeto recíproco, aun en la diferencia de opiniones, perspectivas y costumbres que pueda haber en la pluralidad de los que ahora conformamos la comunidad arequipeña, configuran el mejor modo de buscar juntos el bien común. No se trata de imponer a los demás que renuncien a sus convicciones, ni de renunciar nosotros a las nuestras, sino de aprender a dialogar y a acogernos mutuamente, procurando ver lo bueno que pueda haber en el otro, de modo que seamos capaces de convertir las dificultades en oportunidades y de construir, cada vez más unidos en las actuales circunstancias históricas, el futuro de nuestra comunidad, haciendo así honor al sentido acogedor de nuestro nombre: Ari-quepay, sí quédense con nosotros.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa