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Mensaje Semanal

La respuesta de Dios

La resurrección de Jesucristo es un hecho histórico del que dan cuenta los cuatro evangelios, otros documentos del Nuevo Testamento y la tradición ininterrumpida de la Iglesia a lo largo de sus casi veinte siglos de existencia. Pero ¿cómo se llegó a la certeza de la resurrección del Señor? El evangelista Marcos relata que cuando el ángel les dijo a las mujeres, que fueron las primeras en encontrar el sepulcro vacío, que Jesús había resucitado, “ellas salieron huyendo del sepulcro, pues estaban temblando y fuera de sí, y no dijeron nada a nadie, por el miedo que tenían” (Mc 16,8). Relata también que cuando María Magdalena comunicó a los apóstoles que se le había aparecido Jesucristo resucitado, ellos no le creyeron, como tampoco creyeron a los dos discípulos a quienes Cristo se les apareció en el camino a Emaús (Mc 16, 10-13). El evangelista Lucas, por su parte, escribe también que cuando, ya convencidas, las mujeres transmitieron a los apóstoles lo que el ángel les había anunciado, “ellos lo tomaron por un delirio y no les creyeron” (Lc 24,10-11); y cuando el mismo Jesucristo se presentó en medio de ellos, “se aterrorizaron y, llenos de miedo, creían ver un espíritu” (Lc 24,37). Ni siquiera el apóstol Tomás creyó a los demás apóstoles cuando éstos le contaron que Jesús resucitado se les había aparecido (Jn 20,24-25).

¿Cómo, entonces, la Iglesia naciente alcanzó la certeza de la resurrección de Jesucristo? Fue cuando Jesús les mostró las llagas de los clavos en sus manos y en sus pies, y la llaga que la lanza le había abierto en el pecho e hizo que las toquen, a continuación comió con ellos y, finalmente, les abrió el entendimiento para que comprendieran que tanto en la Torah, como en los profetas y los salmos está escrito que el Mesías padecería y resucitaría de entre los muertos al tercer día (Lc 24,38-46; Jn 20, 24-27). Es entonces que, como ellos mismos narrarán después, “los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor” (Jn 20,20; Lc 24,41); porque ¿cómo no alegrarse al constatar que los hombres no habían logrado derrotar a Jesús y que ni siquiera el sepulcro sellado con la loza que señalaba su muerte lo había podido contener? La resurrección de Jesús nos colma de alegría porque es la garantía de que Él es verdaderamente el Hijo de Dios vivo, la garantía de la veracidad de todas y cada una de sus palabras, la garantía de que el Padre ha aceptado su sacrificio en expiación de nuestros pecados y que, por tanto, también nosotros podemos ser santos y vivir con Él eternamente.

La resurrección de Jesucristo es la respuesta de Dios al anhelo de inmortalidad que está inscrito en lo profundo de nuestro ser. En Jesús de Nazaret, Dios ha sometido la ley de la muerte, que pesaba sobre nosotros a causa del pecado, a la ley de la vida. Como dijo san Juan Pablo II a los jóvenes de todo el mundo reunidos con él en Manila: “Cristo resucitado asegura a los hombres y las mujeres de toda época que están llamados a una vida que traspasa el confín de la muerte…una participación en la eternidad de Dios mismo” (JMJ, 14.I.1995). Lamentablemente, muchísimos jóvenes y adultos de nuestros días no saben esto. Viven como si Dios no existiera y, por tanto, sin fe ni esperanza; porque, como dice san Pablo: “¿cómo creerán en Aquél de quien no han oído hablar? ¿cómo oirán de Él sin nadie que lo anuncie?” (Rm 10.14). Jesucristo resucitado, presente en su Palabra, en los sacramentos y en la comunión eclesial, viene a nuestro encuentro en este tiempo de Pascua, para que, al igual que los primeros cristianos, podamos anunciar a esta generación: ¡hemos visto al Señor!

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa