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Mensaje Semanal

La semana grande

Con el Domingo de Ramos, comenzamos las celebraciones de la Semana Santa, la más grande de todas las semanas. En ella, hacemos como un paréntesis en los quehaceres que demandan la mayor parte de nuestras jornadas a lo largo del año y nos damos tiempo para acompañar a Jesús en sus últimos días terrenales y contemplar así el gran misterio de amor que nos revela su Pascua, su paso de la muerte a la vida. En el marco de su entrada a Jerusalén, en la que es recibido como el Rey – Mesías anunciado por Dios a través de los profetas, y su aparición resucitado, Jesucristo lleva a pleno cumplimiento la misión para la que su Padre lo envió a este mundo: dar la vida para el perdón de nuestros pecados y resucitar para nuestra justificación, es decir para hacer posible que los hombres y mujeres de todos los tiempos seamos “santos e inmaculados ante Dios por el amor” (Ef 1,4) y, de ese modo, alcancemos la plenitud para la que hemos sido creados; “porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo , sino para que el mundo se salve por Él” (Jn 3,17).

Ese marco triunfal de las aclamaciones y los hosanna del Domingo de Ramos y las apariciones de Cristo resucitado y vencedor de la muerte contiene, sin embargo, un acontecimiento central: el total abajamiento de Dios hasta lo más profundo del mal del hombre y del infierno al que nos somete ese mal. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “los pecadores mismos fueron los autores y como los instrumentos de todas las penas que soportó el divino Redentor” y, entre estos pecadores, “la Iglesia no duda en imputar a los cristianos la responsabilidad más grave en el suplicio de Jesús”, porque, como dijo san Francisco de Asís: “los demonios no son los que le han crucificado; eres tú quien con ellos lo has crucificado y lo sigues crucificando todavía, deleitándote en los vicios y en los pecados” (CEC 598). Todos, entonces, somos culpables de la muerte de Jesús, porque son nuestros pecados los que le han hecho sufrir la ignominia de la cruz. En Jesucristo crucificado queda a la vista el misterio del mal que habita en el corazón del hombre, del cual, como dijo Jesús, “salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad”.

Pero, no es sólo el misterio del mal el que queda de manifiesto en Cristo crucificado. Queda también de manifiesto, y con mucho mayor esplendor, el amor de Dios para con nosotros, pecadores. En efecto, escribe san Juan, “en esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1Jn 4,10); y dice san Pablo: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rm 5,8). El centro de la Semana Santa, entonces, es el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús y la sabiduría de Dios puesta de manifiesto en Cristo crucificado y resucitado. El aparente fracaso de Jesús, que en la cruz experimenta el abandono de todos, hasta de su Padre (Sal 21), es en realidad el gran momento de su victoria, la victoria del bien sobre el mal, del amor sobre el odio, de la comunión sobre la división. Es en la cruz donde Cristo ha comenzado a reinar y desde esa misma cruz viene a buscarnos en esta Semana Santa para hacer pascua con nosotros, es decir para pasarnos con Él de la muerte de nuestros pecados a la gloria de su resurrección. Salgamos a su encuentro, dejemos que Él haga esa obra en nosotros y comenzaremos a experimentar, ya en este mundo, la vida que no tiene fin.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa