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Mensaje Semanal

Camino a la alegría

Estamos en la cuarta semana de Cuaresma. Dentro de escasas dos semanas celebraremos la Semana Santa y, por tanto, conviene que nos preguntemos si estamos aprovechando este tiempo para prepararnos debidamente para la Pascua o si, por el contrario, lo estamos viviendo como cualquier otro tiempo del año. En su homilía del Miércoles de Ceniza, el Papa Francisco nos recordó que de tantas cosas que solemos tener en la mente, “detrás de las que corres y te preocupas cada día, nada quedará. Por mucho que te afanes, no te llevarás ninguna riqueza de la vida. Los bienes son pasajeros, el poder pasa, el éxito termina”. En ese sentido, la Cuaresma nos hace presente que Dios no nos ha creado para correr hacia el vacío y la nada de los bienes pasajeros, que terminan desvaneciéndose pero nos dejan esclavos. La Cuaresma, dijo el Papa en esa homilía, “es un tiempo de gracia para liberar el corazón de las vanidades” y “fijar la mirada en lo que permanece”. Sólo así podremos experimentar en nosotros mismos toda la fuerza del misterio pascual de Cristo, acoger en lo concreto de nuestra vida su victoria sobre nuestros pecados y la muerte que nos acecha y vernos liberados de la esclavitud de la corrupción.

Con esa finalidad, tanto en su Mensaje para la Cuaresma de este año como en su homilía del Miércoles de Ceniza, el Papa nos ha invitado a recorrer este camino de conversión hacia la Pascua utilizando las tres grandes armas que tenemos los cristianos: el ayuno, la oración y la limosna, que nos devuelven a las tres únicas realidades que no pasan. “La oración nos une de nuevo con Dios; la limosna, con el prójimo; el ayuno, con nosotros mismos”. La oración, a través de la cual nos dirigimos a Dios, nos saca de las idolatrías y de nuestra autosuficiencia y “nos libra de una vida horizontal y plana, en la que encontramos tiempo para el yo, pero olvidamos a Dios”. El ayuno nos sirve para combatir contra “la tentación de devorarlo todo para saciar nuestra avidez”, nos libra “de la mundanidad que anestesia el corazón” y nos ejercita en la “capacidad de sufrir por amor, que puede colmar el vacío de nuestro corazón”. La limosna nos libra de la vanidad del tener y nos ayuda a “salir de la necedad de acumularlo todo para nosotros mismos, creyendo que así nos aseguramos un futuro que, en realidad, no nos pertenece”.

Inmersos en un mundo que nos quiere hacer creer que la felicidad consiste en darse gusto en todo, vivir para nosotros mismos sin interesarnos por los demás y sin tomar en cuenta a Dios ni a nuestra propia naturaleza, la Cuaresma viene a sacarnos de la ceguera que nos impide ver más allá de nosotros mismos. Por eso, ante la cercanía de la Pascua los invito a alzar nuestros ojos a Jesucristo, caudillo y consumador de la fe. Jesucristo crucificado por amor a nosotros nos revela la verdad de Dios, del prójimo, de nosotros mismos y de la entera creación. Contemplar a Jesucristo muerto y resucitado hace posible que descubramos el diseño de Dios para nosotros: “amarle, amar a nuestros hermanos y al mundo entero, y encontrar en este amor la verdadera felicidad”. Aprovechemos las semanas que nos quedan hasta la Pascua para enrumbarnos por el camino del amor, cargando incluso con la fragilidad propia de nuestra realidad de pecado pero confiados en la misericordia de Dios, para llegar a la Semana Santa deseosos y abiertos a la salvación que Cristo nos ofrece y así, abrazando la vida eterna que Él viene a darnos, como dice el Papa “ciertamente viviremos en la alegría”.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa