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Mensaje Semanal

Jornada Mundial del Enfermo

En su mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo, que todos los años se celebra el 11 de febrero, fiesta de la Virgen de Lourdes, el Papa Francisco nos recuerda que la vida es un don de Dios y, por tanto, “no se puede considerar una mera posesión o una propiedad privada”. Nos recuerda también que, en mayor o menor medida, todos los hombres somos pobres, necesitados e indigentes y en cada etapa de nuestra vida necesitamos algún tipo de ayuda de los demás, porque somos criaturas y no seres omnipotentes. Reconocer estas dos realidades, la vida como don de Dios y la mutua dependencia entre los hombres, nos debería llevar a la humildad y a la solidaridad como virtudes indispensables para nuestra existencia, haciendo así posible superar el individualismo, la fragmentación social y la cultura del descarte. Para ello, sigue diciendo Francisco, es fundamental el diálogo, que abre espacios de relación y cooperación humana.

En ese contexto, el Papa destaca la acción de aquellas personas que, en todas partes del mundo, llevadas por la lógica de la gratuidad realizan servicios de voluntariado a favor de personas enfermas, solas, ancianas o con fragilidades psíquicas, convirtiéndose así en amigos desinteresados con quienes los enfermos comparten pensamientos, episodios de su historia personal, sentimientos y emociones. El voluntario, “a través de la escucha, es capaz de crear las condiciones para que el enfermo, de objeto pasivo de cuidados, se convierta en sujeto activo y protagonista de una relación de reciprocidad, que recupere la esperanza y esté mejor dispuesto para aceptar las terapias”. En síntesis, el voluntariado transmite valores y estilos de vida basados en la donación, haciendo más humana a la sociedad ante el paradigma “del beneficio a toda costa, del dar para recibir, de la explotación que no mira a las personas”, que se va extendiendo en nuestros tiempos. Como modelo de caridad que puede inspirar al voluntariado, el Papa nos presenta a santa Teresa de Calcuta que ”a lo largo de toda su existencia ha sido una generosa dispensadora de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos por medio de la acogida y la defensa de la vida humana, tanto la no nacida como la abandonada y descartada”.

Quienes tenemos experiencia de voluntariado a favor de enfermos o de personas descartadas por la sociedad, somos testigos de que, como dice san Pablo, “más alegría hay en dar que en recibir” (Hch 20,35). Recuerdo todavía la primera vez que, siendo muchacho, mucho antes de ser sacerdote, decidí hacer una obra de caridad y visitar a un enfermo de cáncer que estaba internado en un hospital. Fue tal la alegría con la que salí de esa visita, que volví a verle todos los días durante varios meses. Nos hicimos grandes amigos y tuve la gracia de acompañarlo hasta la noche en que murió. Movido por esa experiencia, durante un tiempo dediqué los sábados en la tarde a visitar enfermos. Conocí a varios a quienes nadie visitaba y establecimos una bonita amistad, entre ellos con un niño que después murió de leucemia. Con sinceridad puedo decir que recibí mucho más que lo que di. Les cuento esto, con toda humildad y gratitud al Señor, para dar testimonio de que, como bien afirma el Papa, existe la alegría del don gratuito y del servicio desinteresado, y para animarlos a no tener reparo en experimentarlo. En todas partes hay personas enfermas y solas, que no pocas veces no reciben el trato humano ni el tratamiento médico que necesitan. La visita de una persona movida por el amor suele ser de gran consuelo para ellas, porque les hace presente el amor misericordioso de Dios que jamás se olvida de sus hijos. Por favor, no los olvidemos tampoco nosotros y démosles un poquito de nuestro tiempo y nuestro cariño.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa