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Mensaje Semanal

La lógica de Dios

Una de las fiestas más importantes del tiempo de Navidad es la solemnidad de la Epifanía del Señor, comúnmente conocida como los Reyes Magos. En ella celebramos el acontecimiento que nos narra san Mateo en el segundo capítulo de su Evangelio. ¿En qué consiste este acontecimiento y qué tiene que ver con nosotros? Para comprenderlo, es preciso aclarar que los magos a los que se refiere Mateo no eran personas que hacían magia en el sentido que nosotros le damos ahora. En la antigua Persia, por ejemplo, se llamaba magos a los sacerdotes de su religión; y en tiempos de Jesús, en los pueblos de Oriente se llamaba magos a ciertas personas que se dedicaban a la investigación de las religiones y de los astros y, a partir de ahí, por medio de razonamientos filosóficos, llegaban a ciertas conclusiones que les permitían deducir hechos sucedidos o, en algunos casos, intuir hechos futuros. Es sabido que en Babilonia se desarrolló bastante esa práctica, como también en China y en otros lugares. Todo indica, entonces, que gracias a esos conocimientos los magos a que se refiere Mateo llegan a la conclusión de que en Israel ha nacido el rey mesiánico que los judíos estaban esperando y que sería un rey que traería la paz para el mundo entero.

Es así como esos magos se ponen en camino para ir al encuentro del nuevo rey. Y, como es lógico, lo van a buscar donde Herodes, que era por entonces el rey de los judíos y cuyo palacio quedaba en Jerusalén. Herodes, que no sabía nada de eso, llama a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, expertos en las sagradas escrituras, quienes les informan que, según los profetas, el Mesías debía nacer en Belén. Grande sería la sorpresa de los magos de que el nuevo rey no haya nacido en el palacio real ni en la capital de Israel sino en una pequeña aldea de la periferia. No obstante ello, continúan su camino y, en efecto, encuentran a Jesús y lo adoran. Los sumos sacerdotes y los escribas, en cambio, se quedan donde están y continúan con sus labores habituales, mientras que Herodes, por su parte, temiendo que ese niño le quite el reino decide matarlo. Hasta aquí los hechos. Veamos ahora el mensaje para nosotros, hoy.

En primer lugar, estos hechos nos revelan que la lógica de Dios es distinta de la de los hombres. Según la lógica humana, un rey debe nacer en el palacio real y rodeado del boato correspondiente. En la lógica de Dios, en cambio, Jesús, el rey de reyes, nace en un establo, un lugar en el que no habitan ni siquiera los pobres, es decir que Dios se hace más pobre que los pobres; y, como bien dice san Pablo, lo hizo para enriquecernos (2 Cor 8,9). En segundo lugar, el acontecimiento que nos ocupa nos recuerda que, ante el nacimiento de Jesús, también nosotros tenemos tres posibilidades: reconocer en él al Mesías e ir a su encuentro, como los magos; o aceptar que el Mesías ha nacido pero continuar con nuestra vida como si nada hubiera sucedido, como los sumos sacerdotes y los escribas; o, peor aún, no aceptar que Dios reine en nuestra vida e intentar deshacernos de Él, como Herodes. La decisión está en cada uno y Dios respeta nuestra libertad, pero permítanme terminar diciéndoles que, según narra el mismo Mateo, sólo los magos quedaron “llenos de inmensa alegría".

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa