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Mensaje Semanal

La belleza de la vida

Con motivo del Día Mundial para la Prevención del Suicidio, que se celebra cada 10 de septiembre, se ha vuelto a poner de manifiesto el constante aumento de esta triste forma de poner fin a la vida. Según la Organización Mundial de la Salud, cada cuarenta segundos se suicida una persona en el mundo y otras veinte intentan suicidarse. En el último medio siglo, la muerte por suicidio ha aumentado en más del 60%, llegando a ser en varios países la primera causa de muerte no natural. A diferencia de épocas pasadas, en que la mayor tasa de suicidios se registraba en varones de edad avanzada, en las últimas décadas el suicidio de jóvenes ha aumentado de tal manera que se ha convertido en el grupo de mayor riesgo en un tercio de los países. Según cifras oficiales, en Japón se suicidan más de 60 personas cada día. El porcentaje, en comparación con el total de la población, es mayor aún en Rusia y algo menor en Francia, Estados Unidos de América y Alemania. En Perú, según cifras del Ministerio de Salud, se quitan la vida unas mil personas cada año y más de tres mil intentan quitársela, entre ellos no pocos niños y adolescentes. Y esas son las cifras oficiales, que suelen ser menores que las reales. En Arequipa se calcula que diez personas intentan suicidarse cada día, la mayoría jóvenes entre los 15 y 25 años. En los apenas cuatro años que tiene el Puente Chilina, desde él se han suicidado 19 personas y se ha intervenido 38 intentos de suicidio.

Las cifras, sin duda, son alarmantes y nos llevan a preguntarnos a qué se debe que cada vez mayor número de personas lleguen a perder el sentido de la vida hasta el punto de no querer seguir viviendo. Nos preguntamos también por qué los mayores índices de suicidios se dan en los países económicamente más desarrollados, en los que en general la población tiene satisfechas sus necesidades materiales, y por qué aumenta el número de suicidios entre jóvenes que, supuestamente, se deberían caracterizar por la ilusión de vivir. Sin pretender agotar las causas, creo que son válidas las palabras del papa Francisco que hace unos días dijo: “cuando leo noticias de suicidios de jóvenes…por lo menos puedo decir que en esa vida faltaba “pasión”, alguien no ha sabido sembrar las pasiones para vivir. Y luego las dificultades no se han afrontado con esa pasión” (Discurso, 5.IX.2018).

Todos sabemos que la vida no es fácil, menos aun en esta “aldea global” tan materialista e individualista, marcada por el estrés del utilitarismo y el agnosticismo, que hacen de la vida una carrera agitada hacia ninguna parte. En el contexto de la exigencia que impone la sociedad en todos los niveles, desde los primeros años de vida, y ante el deterioro de la familia constantemente erosionada por diversas ideologías, se pierde la gratuidad en las relaciones humanas, la ternura en el hogar y la identidad personal. Resultado: la vida se vuelve cada vez más dura y dolorosa. Sin embargo, la buena noticia es que hay una salida para esta situación. Es posible recuperar la belleza de la vida. “Vengan a mí los que están cansados y agobiados y yo los aliviaré” (Mt 11,28), dijo Jesús. La vida se vuelve bella cuando se abre el corazón a Dios y se experimenta su presencia salvífica y liberadora. “Sólo en Dios descansa mi alma” (Sal 62,2).

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa