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Mensaje Semanal

Carta del Papa Francisco

Consternado por los constantes descubrimientos de abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por sacerdotes y personas consagradas, en contra de menores y adultos vulnerables, el papa Francisco ha escrito una Carta al Pueblo de Dios. Si bien, como dice el papa, la mayoría de casos se refieren a décadas pasadas, el daño causado en la carne de las víctimas y las heridas infligidas en su espíritu nunca prescriben; por eso, “nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado”. Mucho menos podemos quedarnos con los brazos cruzados, ni limitarnos a imponer sanciones a los culpables, en caso sigan vivos porque muchos ya han muerto. Esto hay que hacerlo, pero no basta. Como comunidad eclesial, sigue diciendo Francisco, debemos “asumir el dolor de nuestros hermanos”, ser solidarios con ellos tendiéndoles la mano para rescatarlos de su sufrimiento y ayudarlos a denunciar el mal padecido. Al mismo tiempo, hemos de “luchar contra todo tipo de corrupción, especialmente la espiritual” y generar los medios para evitar que esos crímenes se vuelvan a cometer o encubrir. Con esa finalidad, “es necesario que cada uno de los bautizados se sienta involucrado en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos”, la cual requiere la “participación activa de todos los miembros de la Iglesia “ y la superación de “cualquier forma de clericalismo” que suele estar en la raíz de los abusos cometidos por sacerdotes.

Hace casi dos mil años Jesús dijo que el Reino de los Cielos es semejante a un hombre que sembró trigo en su campo y que, mientras dormía, un enemigo sembró cizaña, de modo que en el mismo campo crecieron el trigo y la cizaña (Mt 13,24ss). Esta parábola se aplica muy bien a la Iglesia de todos los tiempos. En ella siempre ha habido y habrá buenos cristianos, nunca faltarán grandes santos, pero también habrá gente mala, corruptos que harán mucho daño y que con no poca frecuencia será difícil ubicarlos y ponerlos al descubierto. A algo así se habrá referido el papa Benedicto XVI cuando, siendo todavía cardenal, dijo públicamente: “¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a Él (a Dios)!...No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor sálvanos” (Via Crucis del Viernes Santo del año 2005).

Es cierto. La corrupción no sólo existe en ciertos sectores del Estado, empresas privadas y sociedad civil. Existe también en miembros de la Iglesia. Por eso, es fundamental que los cristianos tengamos siempre presente que el demonio no cesa en su afán de corromper y destruir a la humanidad con el pecado. Acojamos la llamada que en estos días nos ha hecho el papa Francisco a ejercitarnos en la oración y el ayuno para vencer al demonio que está haciendo tanto daño a la Iglesia y a la humanidad (Mt 17,21). No nos cansemos de luchar contra el mal, ni nos desalentemos ante los pecados y delitos de quienes deberían guiarnos por el camino del bien. Por el contrario, tengamos “fijos nuestros ojos en Jesús, caudillo y consumador de la fe” (Hb 12,2), quien dijo al primer papa: “tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará” (Mt 16,18).

+ Javier Del Río Alba

Arzobispo de Arequipa