+51 · 54 · 214778   comunicaciones@arzobispadoarequipa.org.pe

Mensaje Semanal

¿Qué pasa con el Perú?

El título de la columna de hoy es la pregunta que el papa Francisco nos hizo a los obispos del Perú cuando, en su visita de hace unos meses a nuestro país, hablamos con él sobre la corrupción de funcionarios vinculada al caso Lava Jato. ¿Qué pasa con el Perú? es la pregunta que, con más fuerza aun, surge en nuestra mente y en nuestro corazón al conocer el altísimo grado de corrupción que afecta a las instituciones encargadas de tutelar la justicia en nuestra nación e involucra también a funcionarios del Poder Ejecutivo y el Congreso. Las noticias que día a día van saliendo sobre esta lamentable situación afectan gravemente, una vez más, el sentir de la ciudadanía, aumentan la sensación de inseguridad y la desconfianza y fomentan la informalidad y la ilegalidad en otros sectores.

El Diccionario de la Lengua Española define la palabra “corromper” como: alterar y trastrocar la forma de algo; echar a perder, depravar, dañar, pudrir; sobornar a alguien con dádivas o de otra manera; pervertir o seducir a alguien; estragar, viciar; y la palabra “corrupción” la define como la utilización de las funciones y medios de las organizaciones, especialmente las públicas, en provecho de sus gestores. Eso y más es lo que está pasando en nuestro Perú. En lugar de estar al servicio de los ciudadanos y gestionar a favor del bien común la potestad que se les confiere, los funcionarios públicos corruptos la usan para satisfacer sus ansias de poder, dinero y placer, sin importarles destruir a los demás, sea impidiendo que una persona suba en el escalafón conforme lo merece o absolviendo a un violador de menores o disponiendo del dinero público para beneficiar a otros a cambio de una coima. Sólo escribirlo da náuseas.

¿Qué pasa con el Perú? ¿Cómo así ha entrado en nuestro país ese virus social que tiende a infectarlo todo? ¿Cómo podemos librarnos de él? El país exige una reforma total del Estado y, ciertamente, es necesaria; pero ella sola no basta. No basta reformar las estructuras o cambiar de funcionarios. Mientras no vayamos a la raíz, cambiarán los nombres pero el virus rebrotará como un cáncer. La corrupción es consecuencia de la pérdida de valores morales y ésta es un fruto podrido del utilitarismo, que san Juan Pablo II calificó como “una civilización de las cosas y no de las personas, una civilización en la que las personas se usan como si fueran cosas” (Carta a las Familias, 13). En síntesis, al igual que lo que sucede con la ideología de género y otras, la raíz del problema es que el hombre ha perdido su identidad, se entiende mal a sí mismo y termina contradiciendo su realidad (Francisco, EG 115). De esta manera, al constituirse en el único “señor” de su propia vida y no aceptar que por su naturaleza humana debe someterse a ciertas leyes morales, termina perdiendo su dignidad y cosificando a los demás. Por eso, es cada vez más urgente revisar ese estilo de vida hedonista y consumista que se ha ido introduciendo en no pocos sectores de nuestra sociedad, ese individualismo capaz de sacrificar todo y a todos en función de sí mismo. Sin embargo, esto sólo será posible en la medida en que devolvamos a Dios el lugar que le corresponde en la esfera pública, porque sólo en Dios el hombre puede conocerse cabalmente a sí mismo y encontrar un sólido fundamento moral, objetivo y trascendente, capaz de sostener una vida virtuosa y una sociedad en la que reinen el bien y la verdad.

+ Javier Del Río Alba

Arzobispo de Arequipa