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Mensaje Semanal

La maternidad: don de Dios

En el mes de mayo, mes de la Virgen María, Madre de Dios, celebramos también el Día de la Madre. Seguramente la mayoría tenemos a nuestra mamá con nosotros, mientras que otros ya no la tienen aquí en la tierra. De cualquier modo, esté o no presente en este mundo, todos tenemos una madre. Es la mujer que nos concibió, acogió en su seno y alimentó de su propio ser durante esos primeros meses de vida en los cuales dependíamos totalmente de ella; es aquella que nos dio a luz, sufrió por nosotros los dolores de parto y de pequeñitos nos dio de lactar, nos cuidó y estuvo a nuestro lado durante esas noches en las que llorábamos y no la dejábamos dormir, así como durante los días en que tuvimos esas enfermedades propias de la niñez. Ella fue la primera en comprender nuestro lenguaje, nuestro balbuceo. Cuando los demás nos escuchaban pero no nos entendían, nuestra mamá comprendía lo que queríamos decir, lo que sentíamos y deseábamos, la que interpretaba incluso por qué llorábamos.

Madre es aquella que está íntimamente unida a su hijo y, por eso, suele ser quien mejor comprende a los hijos y los acompaña a lo largo de su vida. Por lo general, ella es la gran confidente de la familia, aquella en la que encontramos consuelo en los momentos de sufrimiento y aliento cuando nos sentimos desfallecer. Mientras que el papá está llamado a ser el principio de autoridad y disciplina que tiene que haber en todo hogar, la mamá pone la ternura, la comprensión; es la que más aporta en la dimensión afectiva. Como hace dijera el Papa Francisco, sin maternidad la sociedad sería inhumana. Y como el mismo Papa nos lo recuerda, las madres y las abuelas son las primeras en transmitir la fe a las nuevas generaciones, las que nos enseñan a rezar y confiar en Dios. ¿Cómo no dar gracias a Dios, entonces, por el don de la maternidad? Porque la maternidad no sólo hace bien a los hijos y a la sociedad en su conjunto, sino también a la misma mujer – madre, ya que justamente en el ejercicio de su maternidad, que es amor gratuito, experimenta que la verdadera donación es fuente de vida y de gozo para ella misma. Hay más alegría en dar que en recibir, pese a que en tiempos como los nuestros ciertas corrientes nos quieran hacer creer lo contrario.

Por eso y por muchas otras razones, quiero saludar a todas las madres en su Día. Ante todo, les agradezco por haberse abierto a la vida, también a aquellas que tal vez salieron embarazadas sin proponérselo, pero que siguieron adelante con ese embarazo. Agradezco a todas las mamás y a todas las mujeres que siguen apostando por la maternidad. Les agradezco y las felicito por todo el bien que hacen en la familia y en la sociedad. ¡Sigan así! Pero también quiero acercarme a aquellas mamás que por distintas razones no llegaron a culminar su embarazo y a dar a luz a un niño en este mundo. Aquellas que perdieron al niño de modo espontáneo, sin proponérselo, y aquellas que tal vez, por diversas presiones, lo sacrificaron de modo voluntario. A todas ellas quiero decirles que ese bebito que comenzaron a llevar en su seno, aunque no haya llegado a habitar este mundo, sigue existiendo; porque una vez que la vida comienza ya no acaba nunca; y ese hijito, lo hayan conocido o no, lo hayan perdido en forma involuntaria o voluntaria, sigue siendo su hijito y, aunque de un modo que nosotros aún no conocemos, sigue vivo y, por tanto, en relación con ellas. Y si alguna mamá está sufriendo las consecuencias de haber rechazado la vida, quisiera que sepan que Dios las perdona y que en la Iglesia las esperamos con los brazos abiertos para ayudarlas a reconciliarse con Dios y consigo mismas. Vengan y lo verán.

¡Feliz Día de la Madre para todas!

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa