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Mensaje Semanal

Semana Santa en modo Perú

Con el Domingo de Ramos comenzamos una nueva Semana Santa, que culminará con la gran Vigilia Pascual en la que nuestro Señor Jesucristo quiere hacernos partícipes de su victoria sobre el pecado y la muerte. Semana Santa que, como siempre, celebramos en comunión con la Iglesia universal pero desde la propia realidad y con los matices particulares de la Iglesia en el Perú, que no es ajena a la realidad social y política por la que atraviesa nuestro país. Y justamente la situación socio-política que estamos viviendo en estos días hace necesario que vivamos esta Semana Santa con especial intensidad y espíritu de conversión por el bien de nuestra nación. Hechos recientes han puesto de manifiesto, una vez más, que la corrupción y la polarización están afectando profundamente a la sociedad peruana. Ambas son consecuencias del pecado y para superarlas no basta la buena voluntad de algunos ni las promesas de otros.

El Perú está dividido. Se gasta muchas energías en construir muros que nos separan y pocas o ninguna en construir puentes que nos unan y hagan posible conjugar esfuerzos en un proyecto común de país. Al final, nadie gana sino que todos perdemos, especialmente los más pobres. Ante esta realidad, la Pascua, fiesta central del cristiano, se nos presenta como una gran oportunidad que Dios nos da para superar esta división que, en ciertos sectores, está muy infectada de odio y rencor. Con su muerte en la cruz y su resurrección, en esta Pascua Jesucristo viene con poder para derribar los muros de enemistad y hostilidad y donarnos en su lugar la paz que todos anhelamos. Esto sólo lo puede hacer Él, porque es el único capaz de cargar con nuestros pecados y reconciliarnos con Dios (cfr. Ef 2,14-16). Así, en la medida en que reconozcamos nuestros pecados y la responsabilidad que nos compete en los males que afligen a nuestra sociedad, y nos acojamos al perdón que Jesús nos ofrece, en esta Pascua podemos quedar reconciliados con Dios y reconciliados los unos con los otros.

Jesús no viene a condenar al mundo, sino a salvarlo (cfr. Jn 3,17). Él es “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29). La corrupción es consecuencia del pecado, es la forma de vida de aquellos que, tal vez incluso sin ser del todo conscientes, terminan instalados en el pecado y pierden la capacidad de diferenciar entre el bien y el mal. Por eso, una sociedad en la que quien habla del pecado es calificado como ultraconservador, retrógrado y oscurantista, es una sociedad que vive expuesta a la corrupción que termina descomponiéndola. Como dijo el papa Francisco en su reciente visita al Perú, la lucha contra la corrupción nos compromete a todos, porque la corrupción es evitable (Discurso, 19.I.2018). Para ganar esa lucha, sin embargo, hace falta dar cuatro pasos: primero, reconocer que el pecado existe y corrompe al hombre; segundo, no querer que el Perú se siga hundiendo en el fango de la corrupción, que nos daña a todos; tercero, darnos cuenta que solos no podremos vencer a la corrupción; cuarto, acogernos a Cristo para que sea Él quien nos libere del pecado y la corrupción, y nos capacite para, unidos en el amor y la esperanza, podamos construir un Perú para todos. Todo eso es posible en esta Semana Santa. No la dejemos pasar sin más. Vivámosla en profundidad.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa