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Mensaje Semanal

Remedios contra el mal

Como decíamos la semana pasada, el mensaje del papa Francisco para esta Cuaresma nos recuerda que Jesús nos advirtió que “al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría”. Decíamos también que, a partir de esa advertencia, el papa nos alerta a no dejarnos engañar por los “falsos profetas”, “encantadores de serpientes” y “embusteros”, como él los llama, que nos quieren hacer creer que la felicidad está en la búsqueda insaciable de placer, en amontonar riquezas materiales y en vivir egoístamente para nosotros mismos sin interesarnos por los demás. Y si damos una mirada a nuestro alrededor, nos daremos cuenta de que el papa tiene razón. Cuántas divisiones en nuestro Perú y el mundo, cuánta corrupción, cuánta destrucción de nuestros recursos naturales, explotación laboral, trata de mujeres y niños, tráfico de drogas, polarización en la política, intolerancia en el pensamiento, destrucción de la familia y de la juventud.

La maldad crece alrededor nuestro y, si no estamos atentos, crece también dentro de nosotros y se enfría la caridad, el amor, en nuestros corazones. De esta manera, sigue diciendo Francisco en su mensaje, comienza a surgir el rechazo a Dios y, con él, la violencia contra aquellos que pasan a ser considerados una amenaza: el niño por nacer, los ancianos y los enfermos, los migrantes y, en síntesis, todas aquellas personas que no responden a nuestras expectativas. Igualmente, surge la desconfianza, el pesimismo, la tentación de aislarse y “la mentalidad mundana que induce a ocuparse sólo de lo aparente”. En síntesis, el hombre entra en una espiral de muerte, ante la cual el papa nos exhorta a aprovechar los remedios que la Iglesia nos ofrece contra el mal: la oración, el ayuno y la limosna.

La oración, decía el papa Benedicto XVI, al hacer posible que descubramos las mentiras con las que el mundo nos engaña, nos lleva a buscar la ayuda y el consuelo de Dios, que es nuestro Padre y desea lo mejor para nosotros (cfr. SS,33). La limosna, dice Francisco, “nos libera de la avidez y nos ayuda a descubrir que el otro es mi hermano”; y el ayuno “nos despierta, nos hace estar más atentos a Dios y al prójimo, e inflama nuestra voluntad de obedecer a Dios, que es el único que sacia nuestra hambre”. Así, pues, oración, ayuno y limosna son los remedios que el papa Francisco, en consonancia con la experiencia multisecular de la Iglesia, nos propone como remedios para nuestros males y los males que afligen al mundo. En unión con él, quisiera también invitarlos a aprovechar estos medios, de modo especial en este tiempo de Cuaresma que nos prepara para la Pascua.

La Pascua es la fiesta central del cristiano, porque en ella no sólo recordamos, sino que celebramos la victoria de nuestro Señor Jesucristo sobre el mal y la muerte; y, como es una celebración sacramental, el fruto de esa celebración es que, por la potencia del Espíritu Santo, el mismo Jesús nos libera de la esclavitud del pecado, rompe en nosotros las ataduras de la muerte y nos hace partícipes de su resurrección. Pero, para que esto se dé en nosotros, hemos de llegar debidamente preparados a la Pascua, es decir conscientes del mal que nos rodea y de la medida en que también habita en nosotros. Sólo así viviremos la Semana Santa no sólo como un recuerdo de lo que sucedió hace casi dos mil años sino como un acontecimiento salvífico para nosotros en el hoy de nuestra historia.

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa