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Mensaje Semanal

Hijos de Dios

La fiesta del Bautismo del Señor, con la que concluye el tiempo de Navidad, nos recuerda la finalidad para la cual Jesús ha venido al mundo. Narran los evangelios que, ante la inminente manifestación del Mesías, Juan, el hijo de la anciana Isabel y primo de Jesús, “se fue por toda la región del Jordán, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (Lc 3,3). Muchísima gente acudía a él “de Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán confesando sus pecados” (Mt 3,5-6). Entonces llegó también Jesús y, aunque Juan trató de impedírselo porque sabía que él no necesitaba ser bautizado, ante la insistencia de Jesús lo bautizó, después de lo cual el Espíritu Santo descendió sobre Jesús y se escuchó una voz del cielo que dijo: “Este es mi hijo amado, en quien me complazco” (MT 3,17). Es el primer testimonio que el mismo Dios Padre da sobre Jesús, revelándonos que es su hijo, y es también una primera revelación que el mismo Jesús hace de su misión en favor nuestro.

En efecto, Jesús no inicia su vida pública predicando ni llamando a conversión a la gente, sino que lo hace poniéndose en la fila de los pecadores que acudían a Juan para bautizarse. En otras palabras, Jesús inicia su vida pública mezclándose con los pecadores, porque “Dios no ha enviado a su Hijo para juzgar al mundo sino para que el mundo se salve por él” (Jn 3,17). Jesús, el hijo de Dios, “ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido” (Lc 19,10), porque “no necesitan médico los que están sanos sino los enfermos” (Mt 9,12) y, por tanto, como el mismo Jesús lo declaró: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9,13). He aquí la misión de Jesús: salvar a los hombres que estábamos, de por vida, sometidos a la esclavitud del pecado. Por eso tuvo que asemejarse en todo a nosotros, para expiar nuestros pecados (cfr. Hb 2,15-17) aquel que, podemos decir parafraseando a san Pablo, no conoció pecado pero se hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él (cfr. 2 Cor 5,21).

Su bautismo en el Jordán es, entonces, la primera señal que Jesús da de que ha venido al mundo para pagar por nuestros pecados y librarnos de la muerte eterna. Pero, aun más, descendiendo a las aguas del Jordán, Jesús santifica las aguas e instituye así el sacramento del bautismo, en virtud del cual los cristianos participamos sacramentalmente en la muerte de Cristo y recibimos el don del Espíritu Santo que nos hace nacer a una vida nueva, como hijos de Dios, para entrar en el Reino de los Cielos (cfr. Jn 3,5). Por eso el papa Francisco dice siempre que es muy importante que sepamos la fecha de nuestro bautismo, la celebremos y demos gracias a Dios por el don de la fe (Audiencia general, 9.I.2019). Nuestro bautismo proviene del acto de amor por el cual, en la cruz, Jesús se abandona totalmente en las manos de su Padre a favor nuestro. Como escribió san Ambrosio, “él padeció por ti. En él eres rescatado, en él eres salvado” (CEC 1225). ¿Cómo no vivir para él, que murió y resucitó por nosotros? ¿Qué sentido puede tener renunciar a ser hijos de Dios por una vida de pecado que sólo lleva a la muerte?

+ Javier Del Río Alba
Arzobispo de Arequipa